martes, 16 de febrero de 2016

La mirada de Laocoonte y el cansancio de vivir



Por lo que más se nos castiga es por nuestras virtudes.

Friedrich Nietzsche.


El mal triunfa. Extiende su aura en su negación al respeto del misterio del ser humano. Nos hicieron creer que cada uno de nosotros llegará a la cumbre. Que haremos lo que nunca fue logrado. Y en esa pasarela brillante de semidioses aparentes creada para la insatisfacción perpetua, existe otro mundo, de confort y hastío. Deambulamos sin mirar. Nos frustramos con cada mínima incomodidad o contratiempo. La meta se aleja a cada parpadeo. Sufrimos, sin saberlo, una infelicidad indolora que no quema ni rompe; pausada, agota y hunde en un marasmo del que solo saldrá quien cierre los ojos y consuma sus lenitivos.Es una infelicidad desapasionada, la sorda y vacua de los carcomidos por el tedio. Entre las brumas del pantano, neones que tratan hacerte olvidar quien eres por quien podrías ser. Si te guiaras por sus remedios.

Dicen que el mundo corre peligro de derrumbe, en hielo o en fuego. Yo, más amargo, creo que ya lo ha hecho. Los escombros relucen, eso es todo. Y abrir los ojos duele.Hay quien cantó una melodía que nos arrastró a un palacio. Pero los grandes salones prometidos eran espejos deformados y trampantojos relucientes. Los escaparates son pródigos. Pero nos hicieron creer que lo merecíamos todo. Las carreteras nos ofrecen un sueño de huida. Pero las sucursales del zoco interminable llegan hasta cada playa remota. Y los riscos silban el viento de una soledad incandescente a los escaladores inconstantes entre los abismos del yo. Huimos de la virtud, porque mancha y crea estigma, porque no entendemos la discrepancia entre lo instituido y lo aprendido. Y nuestras caídas hieren a los otros.

Sabemos que es lo correcto, como una estrella polar lejana, pero las olas enfrentadas a nuestros pequeños cascos son abrumadoras; fingiendo que seguimos la estrella, maniobramos siguiendo la línea de costa bajo la mirada omnipotente de los faros ajenos, que marcan otro camino. Hubo un momento en el que creímos que sufrir una derrota heroica bastaba. Pero luego supimos que no quedará nadie para contarlo. Nos aferramos al mascarón de proa cuando la galerna cruje los mástiles y desgarra las velas. Al fin, frente al fuego, cambiamos la epopeya que creímos merecer por un relato de cotidianos naufragios y breves placeres pasajeros. Atrapados por la nostalgia de un Absoluto que no existe, boqueamos frente a las maravillas de ciudades subterráneas y olvidamos el sol.



Laocoonte fue el sacerdote troyano que advirtió el peligro del regalo griego (Timeo danaos et dona ferentes). Los dioses, coléricos y venales, no quisieron soportarlo. Apolo, Dios del cual Laocoonte era sacerdote, envío unas serpientes marinas que lo estrangularon, junto con sus hijos. La inocencia castigada por el poder, la virtud aplastada por la razón de estado, que es la violencia. La mirada de Laocoonte, de la que Miguel Ángel dijo que era el alma humana esculpida, es la de Prometeo, y la de quien se atreve a desafiar su esencia en alas de su conciencia. Nosotros nunca tememos ya a quien nos trae regalos, aunque en su vientre aguarde la perdición.




El mal triunfa. Sus heraldos negros cabalgan los antros, los estadios, las portadas y las almas. Las pequeñas mezquindades derrumban, y la vida estropea y cansa. Nos queda esa estrella polar titilante, a veces distraída, perdida en la bruma y reflejada misteriosamente en las estelas del agua. Nos queda su fulgor plateado, los sextantes, el descanso de los fondos marinos, las raíces de los manglares, los surcos latentes, las cuevas submarinas, la espalda vibrante de las cordilleras, las sinuosas formas del fuego y las corrientes de la tempestad para gritar quienes fuimos...cuando los muertos despertemos.



viernes, 12 de febrero de 2016

Del calor de establo y del fin de los días




¿No habéis oído el relato del místico que bajo de las montañas para predicar su doctrina en las calles de la populosa Esmirna? Con su candil, su cayado y los pliegues de su levita, atronaba las indiferentes calles: "¡Estáis solos! Abandonad a quienes tengáis cerca. Vivid la noche. ¿No hiela más ahora el frío? ¿ Que calor buscaremos en la llanura sofocada? No viváis cual bestias, apacentadas en el calor del establo. No os retiréis en la muchedumbre ansiosa ¿Que Dios nos concederá el don de la soledad?"

Las calles reían al verlo, alumbrando en pleno día las majestuosas coronas de los edificios agitando el candil.

¡Despertad los riscos iluminados por la tormenta! ¿Quién ha detenido la marcha de los días? No busquéis fuera de vosotros, vuestro hermano vive en la casa de vuestro cuerpo y se esconde de los otros. La armonía es el yo, y toda compañía teme. ¿No es más confortable el pan cocido en el horno propio? ¿No se esta alejando el cometa de su cielo cuando el sol reina?  ¿No giran las calles con cada mirada? ¡Mirad dentro del alma!

Los relatos dicen que pasaron días, y el rastro se pierde en las brumas del pasado, donde se funde con el registro del diluvio que se conoce como "La Tormenta Interminable", de la que poco má se puede añadir.





Las lágrimas caían copiosas, sin temblor ni pausa.Contemplando su ritmo hipnótico, Abdul Alhazred despejaba los velos de Maya y supo que la velocidad de las cosas era un vórtice incontenible que arrastraba conciencias, certezas, piel y sentidos. Una voz poderosa se abría paso entre los truenos para anunciarle que estaba muerto desde que fue concebido, que lo inmutable existía y aunque era solo posible vislumbrarlo, arrastraría las mismas montañas desde cuyas oquedades se resguardaba.El voraz devenir destruía su recuerdo y su anhelo, todo lo que existió para él era presa de su pavoroso naufragio y su mirada oscura contempló los imperios, las lumbres y las marismas implosionando para dar a luz nuevas ilusiones. Supo que pronto todo estaría muerto. Cada remordimiento y lágrima, cada sonrisa, cada pulgada de carne y afán que había conocido, que alguien había engendrado o elevado, cada alma y cada conciencia, morirían al fin, dando lugar al paso de eones al final de los cuales la misma muerte moriría a su vez  para dar lugar a un eterno reino de roca y hielo. Cada calidez de establo se componía de esa sabiduría ardiente cuyos ojos mataban. Y miró, y se adentró en el páramo de la locura sin pena ni sentido de pérdida.





Nota del traductor: Adul AlHazred es el nombre ficticio del autor del manuscrito conocido como "Necronomicón". Los palimpsestos conservados se resumen en formulas rituales de convocación de entidades sobrenaturales, que él llama "Los Antiguos", para que se apoderen del mundo, que les pertenece. 

lunes, 8 de febrero de 2016

Volver

8 de febrero de 2016.

Todo es triste al volver, dijo Cernuda. Podría ser. Ya no soy el mismo. Nada acaba de llegar, y se va yendo. Por eso volver. Porque las cosas cansan, y hace falta una cabaña en el bosque. Porque necesito otro santuario. Porque la selva es una contemplación más agradable que las tapias grises. Porque el cielo sigue pareciendo ese mar extrano. Porque mis demonios cuando escriben, no zahieren. Porque me gusta y lo echo de menos.

Empecé un 15 de octubre de 2009, diciendo que empezaba "como si todo estuviera perdido". En cierto modo, siempre lo ha estado. Fiel a mi manera de no evitar describir algo de manera sencilla si puedo complicarla, me impuse un ritmo que finalmente hube de abandonar. No pretendo volver a eso. No quisiera alimentar mi ego por buscar lecturas, comentarios, adhesiones. Quiero escribir mejor a través de la goma de borrar y la red me ofrece el infinito océano donde arrojar ajadas botellas raspadas de arena. No espero más que algunos lectores, y espero no hacer perder el valioso tiempo que me concedan. Tras dos años de paréntesis, me apetece retomar los viejos mapas y seguir buscando las ciudades prohibidas que la selva, tiempo atrás, engulló. Re-empiezo tal cual empecé:

Ésta es tu casa.
Puedes poner aquí tus cosas.
Coloca los muebles a tu gusto.
Pide lo que necesites.
Ahí está la llave. 
Quédate aquí.
B. Brecht

Hasta pronto.


martes, 29 de octubre de 2013

Final del relato sin nombre ni dirección. Siete.

Le penumbra extiende su silente  atmósfera por la sala, hasta alumbrar pequeñas motas de polvo, y el contraluz de un pedestal en el que se sitúan tres figuras severas. Su voz suple su cara. Es ceñuda, y áspera. Leen la sentencia por sabotaje moral contra la producción de la compañía. Desgranan hechos, motivos, suposiciones. Extienden la noción de culpa sobre lo que eres y sobre lo que piensas y sientes. La voluntad del mundo pesa como el mismo cielo sobre tu pecho agitado, pero no lo rompe, lo hace frágil y lo derrota suavemente, con crueldad dulce.

La voz alterna susurros y pausas, su autoridad subraya tu culpa, culpa, culpa por ser un extraño, culpa por dudar, culpa por haber sobrevivido. Lo sabías, pero no sabías nada. Empezó como una resistencia lúdica y acabó siendo real. Lejos, en tu puesto de capataz hay otro, y bajo sus órdenes, otros mueren, se embrutecen, aprenden a odiar. Quien puede huye y trata de mantenerse humano. Quien no, es sometido a conceptos ajenos, y hábilmente manipulan su mente y corroen su carácter. Legiones desoladas copan los puertos entre sistemas. Y el amor nace sin esperanza.

Resulta demostrado que la falta de fe del acusado derivó en problemas disciplinarios que se agravaron por su ulterior falta de diligencia y su insubordinación...

Las palabras resbalan por la sala vacía, donde apenas murmullos se resaltan contra la oscuridad

"resultando probado que la productividad durante dicho periodo se resintió con niveles inaceptables, con el consiguiente daño a la imagen de la empresa..."

La lectura sigue. Has decepcionado la confianza puesta en ti. No has cumplido los objetivos.  Se imponen medidas decididas. Cada frase va borrando tu inocencia, tu cara muestra otros matices, ¿no es cada vez la oscuridad más fría? Y recuerdas, con un calor renovado y la cabeza lúcida, tus experiencias pasadas, los libros que leíste, lo que has pensado y sentido. ¿Cómo gritar, cómo retar al mundo cuándo sabes que has hecho lo correcto y por eso serás condenado? Y que pensará la gente que te importa, maldita dictadura del ego. Y como aguar el rencor que te envenena. Porque el árbol de la ciencia nunca prevalece sobre el árbol de la vida. Y dónde está la paz, que hallarás que tenga la profundidad de un lago en el que descansar cuando las cosas hieran. Recordarás las murmuraciones de tus compañeros, la incomprensión de aquellos a quienes quisiste ayudar. El desconsuelo de los que te apreciaron. Y tendrás que refugiarte en saber que no hay destino que no se venza con el desprecio. Pero que insoportable tributo hay que pagar.

Y mientras tus pensamientos se mezclan con los intrincados reveses jurídicos que te alejan de tu casa y de tu vida, la idea del exilio se acerca.

Han pasado semanas, y embarcado en la nave que te dirige a tu prisión, la angustia aumenta. Como soportar tu estancia en ese infierno desolado del que todos hablan con terror, el hogar primero que a través de siglos se ha convertido en el peor destino, ese atormentado punto minúsculo, el planeta Tierra.





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Anteriores entradas, para quien guste. Y hasta pronto, espero:

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis



martes, 18 de junio de 2013

Diario 5: Unión Deportiva Salamanca, o las plateadas manzanas de la Luna

Eché a andar por el bosque de avellanos
porque sentía un fuego en la cabeza,
y corté y descortecé una rama
y le até una baya con un hilo;
y cuando echaron a volar mariposas blancas
y se alejaron como estrellas titilantes,
la dejé caer en un arroyo
y pesqué una pequeña trucha plateada.
Tras haberla dejado en el suelo
fui a avivar con mi aliento la llama,
pero algo crujió en el suelo
mientras alguien pronunciaba mi nombre.
Se había convertido en una joven resplandeciente,
y con flores de manzano en el cabello,
que me llamó por mi nombre y echó a correr
perdiéndose en el aire destelleante.

Aengus vio a una joven en un sueño, y era tan bella que no puedo evitar enamorarse. Allí comenzó su perdición y su felicidad, y comenzó a buscarla en cada bosque, en cada torre, cada gruta.

Esta mañana, un sueño mundano y decadente, pero un viejo sueño del que ninguno nos habremos arrepentido de haber alentado, finaliza tras 90 años de historia. Desaparece la Unión. He crecido en una ciudad de provincias, hermosa, pero donde ahora todo muere o nace muerto. Sólo quedan esqueletos de edificios proyectados durante el delirio inmobiliario, tan apegado al delirio del fútbol, y la sombra de una Universidad que languidece al calor de una muerte dulce de sueños remotos y figuras idas.
Cuando fuimos alguien, y nos sentamos a la mesa de los poderosos, creímos poder superar cualquier dificultad. Pero, al igual que tantas veces, la dificultad eran los capitanes ebrios de codicia que dirigían el barco y a los que, en el mejor de los casos, no pasará nada. En el peor, serán recompensados. Pero nunca        pasa nada y si pasa, se le saluda. En un país donde la opinión del hermano del primo del representante del amigo de una figura acerca de sus intenciones a dos años vista es la noticia a seguir, el deporte no tiene cabida. El show es drama, el drama entretiene y la gente paga por salir de su tedio vital. El deporte verdadero es desconcertante, la victoria esquiva, no aparta la mirada de las cuestiones dolorosas. Forma hombres y mujeres cabales. El palacio de cristal de superhéroes-multinacionales de 20 años en cuyas manos millones de personas entregan su alma y conciencia, necesita una euforia perpetua para huir del dolor y la derrota. Que acaban llegando igual.

Es el país que hemos hecho, una mentira en la que consentimos en participar y del que ahora hemos despertado. Finalizo esta diatriba sin dirección, aclaro que la disolución del club me parece justa, pues cuando se pierde hay que pagar las deudas, y me decepciona porque unos cuantos pocos habrán cogido el dinero y corrido, sin que nadie parezca querer saber donde fue todo eso, porque un equipo que compró tan barato y vendió varios jugadores a tan buen precio acumuló una deuda inasumible. Ahora es tarde, y hay que decir adiós a todo eso, sin embargo. Solo quedarán recuerdos, y un sentimiento de algo grato que muchos compartimos. No eramos buenos, pero tuvimos tardes de gloria. Vagaremos como Aengus y quizá volvamos a encontrar ese sentimiento, y los momentos amargos como hoy serán diluidos por otros tiempos mejores.

Aunque envejezca en mis vagabundeos
por hondonadas y colinas,
alguna vez volveré a encontrarla,
y tomándola de las manos, la besaré en los labios,
y caminaremos entre largas hierbas multicolores,
y cosecharé hasta el final del tiempo
las plateadas manzanas de la Luna
y las manzanas doradas del Sol.


Hasta siempre, UDS. ¡Hala Unión! Hay cosas más importantes que tú. Tristemente, te has convertido en símbolo y mártir de muchas cosas que funcionan mal en el sitio en el que nací. Pero no voy a poder evitar seguir teniéndote cariño... hasta siempre.