jueves, 11 de abril de 2019

Lo que aún respira.


Para que tu ser pese sobre el suelo también fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo. Se necesitó un alba ausente cayendo sobre las almenas esbeltas en Silesia que iluminó el camino de dos que se buscaban. Se necesitó un cuchillo alevoso sobre el costado de alguien olvidado hace mucho y el beso desesperado de los amantes antes de la despedida que nunca más se hizo. Fue precisa la sal y el aroma de Samarcanda que empujaron a un niño a emprender un viaje a tierras lejanas. La danza inefable de los astros silentes, la suerte oscura de quien no mira atrás. A través de las generaciones la línea de tu vida pendió de venganzas, pactos, acecho y fuerza. Nada te fue negado, ni el héroe que engendró tu estirpe antes de caer con gloria ni el traidor que prosperó en la desdicha de otros.

Para que tus ojos miren la vida antes de que la tierra los ciegue, se hizo necesario caer en la tribulación y alzarse de la penumbra. Tus genes llevan en ti esa memoria difusa del triunfo y fracaso entrelazados que, como la vida, contemplan nuestro escenario. Se requirió el rugido del león y el ataque del lobo. La noche estrellada y el bosque susurrante. La lectura y el baile, el templo y la taberna. Hubo alguien que deseó  ser parte y se retiró de tu origen, o fue tu origen y se ocultó, taimado. Hubo ardor, violencia, fuego, sexo, praderas, nubes, batallas, ciudades, trenes, banderas, odio, añoranza, excusas, pesares, mar, alegría y olvido.

Para que te llames y una voz te nombre fue precisa la alquimia de las horas y la abrumadora fuerza de la fortuna. Girando, nos llevó a esta tierra, eliminó rivales y ascendió promesas.  Para que tus pies fatiguen la llanura y tu espíritu se agote con la espuma de los días en ciudades tristes, todo fue necesario. Alejandro y la mosca, el profeta y el barro. Para que nos crucemos sobre un mismo tiempo, fueron necesarios muchos otros y lugares que ya no existen. La caoba y el bronce, la pasión y el hielo. Y ahora comprendes que retornar a esas tierras no deja nada en ti, pues todas son tú y en tus brazos llevas la nueva aurora que te permita moldear el breve tiempo que te sea concedido.
Para que tus manos se encuentren con otras en un instante infinito, hizo falta lo que puede ser nombrado y lo que nunca se supo decir. Y ahora caminas por la vereda, exangüe, divertido y presto, mirando a la luna con los ojos de entonces, apretando el paso. Para que mañana el alba se desplome sobre las almenas esbeltas.

Y las promesas extiendan el hilo que te traspasa hacia el futuro que te llama.



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