Desde su sillón y su escritorio pequeñoburgués la fuerza de su imaginación creo las más grandes aventuras, narradas con la verosimilitud y el detalle de quien cuenta algo cotidiano, como si no fabulara, como si explicara lo ya sabido. Quiso ser dramaturgo, estudió leyes para ganarse la vida, pero las bibliotecas eran su inclinación, así que en ellas pasaba los días, apenas sin comer, soñando, alternando su entusiasmo por el avance científico con el pesimismo por la naturaleza humana (en París en el Siglo XX muestra una sociedad obsesionada con el dinero...y la gente no es feliz), no tuvo una vida familiar feliz, escribió, escribió y escribió...y dejó unos cuantos tesoros que hoy me he puesto a rememorar.
Ni siquiera recuerdo cual fue el primer libro que cayó en mis manos. Lo único que alcanzó a saber es que me entusiasmaba todo lo que venía con su nombre en la portada, así que los regalos habituales en forma de libro solían ser suyos. Y muchos años después y a kilómetros de su escritorio, desde la cama de mi habitación entraba el frío siberiano o el tórrido calor de África, la humedad de los oceanos, la penumbra en las cuevas que conducen al centro de la tierra, los misteriosos rumores de islas desiertas, el estruendo de proyectiles hacia la luna, los sonidos metálicos de las paladas al retirar la nieve buscando una esfinge entre hielos, el pavoroso silencio entre las nubes de tormenta que amenazan el faro del fin del mundo, las olas tranquilas lamiendo la playa más hermosa que circunscriben unas palmeras mientras la mitad de un enorme sol naranja se hunde en el fondo del mar y disfruto dos años de vacaciones con mis amigos, sintiendo el viento moviendo el globo a través de 5 semanas que fueron unas pocas horas de ávida lectura, midiendo el arco meridiano de parajes inexplorados y peligros desconocidos, o por supuesto, viajando a través de mundo a la mayor velocidad posible para ganar una apuesta y la posibilidad de una gran aventura. Y todo esto sólo es una pequeña muestra...
Creo que su esfuerzo por ser absolutamente legible, y someter su fantasía a las reglas de lo posible, su conversión de lo extraordinario en algo casi común permiten a los lectores imaginar con exactitud las más fantásticas aventuras, personajes, emociones. Sabemos que no es la vida, pero de alguna manera, esos impulsos hacia la aventura son parte de la vida y acompañamos de manera invisible y entusiasta a los protagonistas (creo que soy capaz de recordar mi habitación convertida en un camarote del Nautilus).
Y por ir acabando este breve homenaje sin demasiada pretensión más allá de volver a ser feliz recordando los buenos ratos que sus creaciones me brindaron, opino que es un grandísimo escritor al que le ha perjudicado su sencillez, su falta de oscuridad y su carácter de lectura para niños y jóvenes principalmente. Pero ocurre siempre, los mayores nunca saben lo que se pierden...así que la invitación a entrar en un mundo mejor, noble y honesto, que no existe fuera de las páginas de los libros, pero que por eso mismo se convierte en invitación irresistible, cuando las páginas se iluminan y desprenden un olor a desierto o a tempestad, suenan los fenómenos de la naturaleza o ingenios que un ser humano supo imaginar y otro crear, y los ojos se posan en las primeras palabras que formarán un raíl por el que los ojos verán miles de maravillas y el cerebro y el corazón se alegrarán.
Este post ha sido más largo de lo que debiera haber sido (tengo una buena excusa: el entusiasmo), pero se puede resumir facílmente; gracias por tanta felicidad, señor Julio Verne.
Más adelante, Miguel Strogoff llegó a una alta situación en el Imperio. Pero no es la historia de sus éxitos, sino la de sus sufrimientos, la que merecía ser contada.