Conozco personas a las que aprecio que veneran los libros. Estupendas lectoras, buscan, discuten y comentan con entusiasmo y desprecio lo que les llega y lo que les estraga. Sin embargo, a veces en estas conversaciones siento incomodidad por la busqueda demianesca (de Demian, de Hesse) de verdades ocultas, espirituales, guías de sabiduría. Creo que Demian tiene razón al decir que al final buscó la verdad en las enseñanzas de la sangre.
¿Estamos tan huérfanos? ¿Necesitamos orientación? Desde la pequeña lona que finge ser tienda en la cumbre de un acantilado que rige la selva, uno se inclina a creer que sí, uno, que no sabe encontrar su camino. Pero siente desconfianza al pretender que palabras impresas por los mismos tipos que se usan para redactar anuncios y propaganda pueden simular las verdades del mundo. Y siente perplejidad pensando que un objeto de ocio y placer sea considerado con fines utilitaristas. Puede que leer otorgue ventajas añadidas, pero ninguna podrá aspirar jamás a la grandeza del placer irreverente con la utilidad y la búsqueda de categorías productivas. La imaginación por el mero placer de escapar, inventar, maliciar, percibir desde otro punto, mirar escondido, oír fuentes en palacios prohibidos, viajar en naves espaciales. Pese a todo, no encuentro en nada de ello una enseñanza concreta de vida, más allá de un vago desprecio oculto y leve por el dogmatismo, las normas y el sentido práctico de los días (
agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor). Sé que todo es necesario y que no soy nadie, pero encuentro un lugar de resistencia o de celebración. Y sí, me siento vivo. Nadie se encuentra en modo stand-by cuando lee, como no lo hace cuando pasea oyendo el rumor del río, va al cine, juega con su consola, ve fútbol, piensa sobre este feo mundo y sus flores del mal, escucha música o la baila. A veces pareciera que la ideología dominante de la producción, la acumulación y la búsqueda exclusiva de la gratificación individual (reciba el nombre que reciba) permitiera que sólo fuera auténtica vida la del rito socialmente aceptado como tal o dentro de los cauces ociosos que reciben el sello de aprobación colectiva.
Vivir o leer, que se me va la pinza. No conozco a nadie que haya planteado el tema seriamente, excepto quizá Cervantes, y diría que en forma de burla, aunque el peso de los años encumbrara su obra. Nadie toma lo que lee por un "Elige tu propia aventura" en un sentido estricto, pero todo lo es, ficción o realidad. Todos leemos por el placer de sentir y pensar fuera de nosotros mismos, creo. Y a veces encontramos frases, reflexiones, chistes e imágenes que nos endulzan el momento. Pero, al igual que no creo a los neopoligoneros que desprecian lo escrito y que afirman saber mucho de la vida y "lo que no viene en los libros" (cómo si quien escribe cualquier cosa no lo hiciera con la mochila cargada de vivencias y el poso que dejaron en él. Los subnormales, con perdón :D) tampoco veo posible esa idolatría hacia los libros y la lectura, más allá de la propia satisfacción que ofrece. Nadie hace el amor porque haya oído acerca de sus ventajas para la salud. Me cuesta entender esa idolatría hacia la espiritualidad y las enseñanzas trascendentales que puede ofrecer a un individuo concreto un texto destinado a la mayor cantidad de personas posibles (salvando el talento narrativo, desde luego, pero eso es otra cosa, identificarse no es alucinarse)
A veces siento que lo leído puede aportar una nueva visión, otra idea. Prefiero pensar que es un punto de partida hacia un camino que quizá no tome, pero que ahora sé que existe. Pero igual que no espero de una brújula que me lleve mágicamente hacia el lugar a dónde me dirijo, no tomo las frases sentenciosas o profundas, que existen, como un mapa completo, sino como un rumor antiguo que puede ser descifrado en parte. Y luego, salgo a la calle, igual, mejor o peor (a veces, lees cosas decepcionantes), deseando haber pasado el rato entre cervezas y amigos, con mi amor, haciendo deporte o tumbado en la hierba sintiendo el sol con los ojos velados. Nunca con una verdad trascendente que un libro me haya aportado. Pero, a poca suerte que haya, con una sonrisa. Y las caras parecen más amables. ¿Podría pedir algo más?
Acabas de leer cuando de repente aparece ante ti un ensaje de ordenador con la inconfundible marca de Murphy. ¿Seguirás la pista o esperarás un poco aún?
Si esta entrada te ha gustado, pasa a escribir un comentario, por favor. Página siguiente
Si esta entrada te parece una bazofia, puedes comentarlo, página siguiente, o coger tu abrigo y salir en busca de Murphy por las heladas calles de Bratislava.
Página 57
Si decides llamar al Profesor Woo y desentrañar junos el mensaje recibido, asegúrate de tener saldo en tu móvil y ve a la página 113
Elige tu propia aventura ;)