Ese era el fútbol que apasionaba a los personajes de La Peste de Albert camus que en medio de la epidemia discuten sobre el medio centro, el de los héroes refulgentes en el sol o caídos en la sombra de Eduardo Galeano, el Garrincha de la canción de Alfredo Zitarrosa (Lo lleva atado al pie como una luna atada al flanco de un jinete /lo juega sin saber que juega el sentimiento de una muchedumbre /y le pega tan suave tan corto tan bello /que el balon es palomo de comba en el vuelo /y lo toca tan justo tan leve tan quedo /que lo limpia de barro y lo cuelga del cielo /¡y se estremece la gente /y lo ovaciona la gente!) o el de la tripulación de Shackleton atrapada en la Antartida organizando partidos en el hielo.
Luego, mis sueños se quedaron en un cajón de la memoria. Pero seguí aficionado a ese reino mágico de ilusión, donde las desgracias se sepultan por la esperanza que puede traer la próxima semana, la gente se une en pasión compartidas y olvida casi todo lo demás durante unos cuantos minutos plenos de mentira maravillosa.
Pero me lastima es ver que ese mundo de héroes esforzados, tenaces y cercanos es ahora la última premiere de Hollywood, con alfombra roja, mucho envoltorio, y la sensación de barraca de feria y embaucadores profesionales con chaleco. Supongo que cuando era niño tampoco difería tanto y no me daba cuenta...pero es que lo de ahora es una locura, un master en marketing, un producto manufacturado, envuelto y listo para vender en cada hogar que se pueda. Afortunadamente, siempre habrá una pelota que pueda querer entrar o no en una portería o en un aro. Ese instante justifica tantas tonterías.
Ahora cualquier deportista es un superhéroe, con alimentos y ejercicios planificados al milímetro, participa en campañas solidarias, deja los detalles de la vida cotidiana a un representante que le ofreció sus servicios cuando tenía 6 años, tiene asesores de imagen, jefes de prensa, anuncia coches, bancos o espárragos, opina que el equipo lo ha intentado y sonríe mucho en las ruedas de prensa que da cada día para contarnos sus apasionantes entrenamientos y que se encuentra bien. Vende camisetas , cambia de peinado, se hace un tatuaje y tiene detrás suyo a cientos de persona informando puntualmente de cada una de estas gilipolleces.
Hace poco, un entrenador con 23 años a sus espaldas en el banquillo de un equipo, los tah Jazz de la NBA, cesó porque había discutido con la estrella del equipo y el propietario del club no quería refrendar la sanción que Jerry Sloan quería imponer. ¿Por qué? Pues porque el espectáculo es la estrella, sus gestos, sus declaraciones, sus tatoos, su persona misma. Y luego ya, ganar o perder es lo importante. Dinero, me refiero. Los aficionados estamos a merced de la macroeconomía deportiva (que esa es otra, no entiendo que se pueda decir que el deporte, en concreto el fútbol, pueda generar toda la barbaridad de dinero que añoa tras año gasta). Pero seguimos picando.
Y en fin, añoro las épocas en las que mi padre podía llevarme a ver un entrenamiento de la selección, o ver un partido con entradas regaladas en la esquina del estadio en las gradas de cemento en días nublados o lluviosos, ver a los míos esforzarse sobre la lluvia, equivocarse fatalmente o alcanzar la gloria del gol en un ambiente modesto, con aficionados fieles discutiendo sobre necesidad de un lateral o acercándose al portero para felicitarlo por la última parada del día anterior (si soy sincero, añado que tampoco entiendo mucho a la gente que tiene esa devoción por su equipo. Pero cuando es honesta, no me importa. Cada cual tiene sus obsesiones) También había grosería y actitudes reprobables entonces. Pero era más auténtico.
No quiero ser testigo cada día de marcas inconcebibles, hazañas y records, me basta con apreciar el esfuerzo y la habilidad entregadas honestamente. Y disfrutar del juego que cuando los flashes declinan y los micrófonos callan, ofrecen a esos héroes (falsos, pero durante lo que dura el juego lo olvidaremos) la posibilidad de nuestra gratitud. Y discutir sobre aquella falta y aquella tarjeta en un ambiente de camaradería y exaltación. Y seguir la pelota, como en los recreos, entre cientos de piernas indiferentes o con la intención de robárnosla para salir corriendo en cualquier dirección, sólo por el placer de intentar domarla. Porque, más allá de todo lo anterior, el alma de esos deportes es la pelota. Y también, en palabras de Galeano, el clamoroso silencio del estadio vacío, donde ha caído la noche y algún vencido sigue sentado, solo, incapaz de moverse, en medio de las inmensas gradas sin nadie.
P.D: Ánimo, Abidal :)