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jueves, 22 de noviembre de 2012

Un cuento nórdico

Me encanta esa mitología, y he tratado de jugar con ella, cambiando algunas cosas. Espero que os interese, aunque se haga algo largo ;)

La calma había llegado, leve, plácida. Horas de truenos voraces y vientos que lamían la espalda de los montes y las grandes coníferas, una tempestad de agua y fulguraciones que cegaban la vista del mar, habían amainado y convertido en una neblina clara acompañada de una lluvia fina. Todos los niños del clan pensábamos en aquellos que habían partido hacia tierras del sur. Jugábamos e imaginábamos sus gestas y las de los dioses, Thor cabalgando en su carro brillante martilleando el Valhalla y creando esa tempestad en su lucha contra algún gigante de la helada, al que había abatido por fin. La vieja Ungrid, sin embargo, nos oyó y con una mueca que quizá pretendía ser una sonrisa nos dijo: no se trata de un Dios protector. La bestia trata de escapar. Intrigados, preguntamos más.

-Sabéis lo que os hemos contado acerca de la creación, los gigantes y las bestias, su lucha mortal, nuestro padre Odín, cuidador del fresno Ygdrasil donde vivimos. Conocéis la parte luminosa de la divinidad y su fulgor protector, pero ¡ay!, sois muy jóvenes para tratar de comprender la oscuridad que acecha tras cada luz. Por eso preguntamos siempre en todas nuestras sagas "¿Lo entienden ustedes?, ¿Lo comprenden?" Y bien, queridos niños, ¿comprendéis, entendéis? ¿Por qué dragones roen cada día las raíces del fresno? ¿por qué tememos la caída del cielo?.

Éramos valientes, como corresponde a nuestro clan. Sin embargo, la sombre de inquietud dibujada en los labios gastados de una de las ancianas, a la que las demás decían que no nos asustara en un día como aquel, nos perturbaba. Pero queríamos saber, pues nada nos gustaba más que una buena historia, y un gran poeta era tan venerado como un gran guerrero. Así que nos sentamos en círculo, como acostumbrábamos cuando pedíamos saber algo y cerca del fuego empezó la historia.

- Mucho tiempo os hemos contado historias felices de Dioses protectores y hazañas contra el mal acechante en el filo de los días; Odín, Thor, Heimdall, que nos ve ahora mismo y puede oír como crece la hierba, Freya y sus desesperadas lágrimas que fueron la esperanza de los mortales...pero ¿habéis oído hablar del desdichado Balder? - negamos con la cabeza y nuestros ojos pidieron saber más - Era el mejor de todos. Todas las criaturas del bien deseaban su crecimiento y gloria, para que su esplendor trajera la edad de oro. Incluso Hel, diosa de los infiernos, sonreía al mirarlo. Pero un oscuro designio pesaba sobre él. Al nacer, las Nornas, lectoras del destino, sobrecogieron el ánimo de su madre, al anunciar que se cuidara del elemento más débil de toda la naturaleza, que traería su desgracia, y después se hicieron bruma.

Así pues, desde que Balder era un niño inconsciente de la gran sombra que pesaba sobre él, su madre Frigg recorría las estancias de nuestro mundo y los inferiores, haciendo jurar a cada ser que nunca dañaría a Balder. Recorrió el infierno helado y conmovió a los elfos negros y a los árboles de Ulthu, que crecen con la sangre de los nuestros. Cada flor, cada metal, cada montaña juraron proteger siempre a Balder. Los dragones inclinaron su cabeza ante él, los gigantes juraron respetarlo. Criaturas terribles asintieron desde sus lejanas estancias. Cuando Frigg logró su propósito, respiro tranquila. Hubo una celebración, más tarde. En una fiesta de cerveza e hidromiel en honor de Balder los Dioses se reunieron, y el bello joven bueno, inocente e ignorante de la profecía, disfrutaba de las atenciones de todos. Bragi compuso una canción, Skadi le contó sus aventuras en los reinos de los grifos de hielo. Pero nadie era más atento con él que su hermano Loki, tan bello y joven como Balder, e incluso más, con su sonrisa encantadora más jovial que nadie. Pero su corazón había sido podrido de envidia y despecho al ver el destino previsto para Balder, y las atenciones y preocupaciones que su madre le dispensaba. En medio de la fiesta, Loki sugirió cortésmente que podrían festejar el poder de Balder. Los dioses asintieron y colocaron al inocente Balder en el centro de su jardín. Alguien lanzó una piedra, con timidez aún: la piedra se quebró antes de tocar a Balder. Cogieron fuego de una montaña; se derritió antes de asustarlo siquiera. Alguien le atacó con su espada. El acero había jurado no atacar a Balder, y se detuvo firme. Convencieron a Thor de que lanzase su maza con toda su fiera fuerza. La maza se desvió. La fiesta aumentaba entre la diversión de todos, y nadie reía más que Loki. Lanzaron colinas, llamaron dragones, le enviaron conjuros. Nada podía dañar a Balder. Sólo faltaba Loki y le pidieron que lanzara algo para terminar la prueba. Loki se resistía, "es mi hermano". Insistieron. Al fin, Loki accedió, pero como si estuviera avergonzado eligió uno de los elementos más humildes de los bosques. Arrojó su ramita de muérdago. Esa inocente rama se clavó en su corazón de su hermano que suavemente cayo en la suave nieve y expiró. Balder había muerto. El roble en el que vive y de que se nutre había jurado proteger a Balder. Nada había sido preguntado al muérdago.

Terrible fue la conmoción en Asgard. La esperanza había muerto con Balder ¿Lo entendéis, lo comprendéis? Incluso Thor, incluso el poderoso Odín vertieron copiosas lágrimas. Cuando Balder, el más querido, falleció, lo depositaron en su noble barco Hringhorni. La gigante Hyrrokin le prendió fuego a la embarcación y la empujó mar adentro.

Quién cabalga a lo lejos,
en los caballos de Raevil,
surca las altas olas,
la bramante corriente:
los corceles navegantes
húmedos de sudor,
esos, los que apalacan las olas
no soportarán el viento
y el dolor hendirá la noche

Pero todo del dolor por el destino incierto era una pálida estrella en comparación con el fuego candente que atormentaba a Frigg, y su culpa. Bajó al inframundo para ver a su desdichado hijo pero Hel era incapaz de alterar los designios del destino, que prevalece aun sobre las órdenes divinas.¿Lo entendéis, niños? Todas las sabidurías fueron consultadas. Los enanos de la forja ofrecieron una solución: si Frigg conseguía que cada ser derramase una lágrima por Balder, él retornaría del infierno helado de los muertos. Frigg sintió renacer su esperanza, e incluso los enemigos ancestrales de los dioses lloraron al ver su dolor, como la serpiente marina Yormungard. Cada bosque, cada montaña, cada lago lloraron, así como los animales que los habitaban. Cuando pensaba su misión cumplida, supo que una anciana que vivía aislada al este de Midgard, muy lejos de aquí, no había ofrecido su llanto. Se dirigió a ella, pero la anciana tenía el corazón endurecido. "Que me importa tu Balder. Cuatro hijos tenía y tu Thor los mató a todos. No me quedan lágrimas". Frigg suplicó e incluso se arrodilló ante la mujer mortal, pero ésta siguió inflexible. Balder sería el prisionero de Hel. Y Loki, que urdió su desdicha, era esa anciana dispuesta a evitar el bien de los dioses, cuyo rumor creció y llegó hasta los hombres. También los dioses tendrían que morir...

***

Estábamos atónitos, disgustados. No queríamos oir una historia como aquella. Algunos derramaron lágrimas por Balder, como si quiseran ofrendar a Frigg. No lo entendíamos, no lo comprendíamos. ¿Que sería de nosotros si los dioses mueren? ¿Puede Thor ser derrotado en un combate y tras la tormenta, llegar el fin? ¿Que sería de nuestros padres, embarcados inconscientes del peligro que se cierne sobre nuestro mundo? Preguntábamos a la vez, con angustia en el corazón. Las viejas sonreían, nuestras madres nos abrazaron. Ungrid levantó la voz, ¿Cuál es el único miedo de vuestros padres y madres? Entonces, comprendimos. Que el cielo caiga sobre nuestras cabezas. Pensábamos que significaba que no temíamos a nada, y en realidad tememos aquel tiempo en que los gigantes y las bestias se levanten y acaben con nuestros dioses. ¿Cómo será? preguntó la más pequeña de nosotros, ¿lo veremos? Las mujeres más jóvenes la consolaron. No, querida Astrid...eso pasará dentro de mucho.

Sí, dijo Ungrid, y no temáis por lo que las Nornas aún no han advertido. Confiad en vuestro coraje y vivid sin más miedo que aquello que no tiene remedio. Pero sabed que hay tormentas que no reflejan la victoria de Thor sobre algún gigante audaz, sino que hay otras tormentas que reflejan sucesos más oscuros. Y estos rayos que han iluminado hasta el horizonte son los esfuerzos del peor enemigo de los dioses que lucha por liberarse de su cadena. La bestia indomable de dientes como filos sangrientos..el mal. El lobo Fenrir. En la primera lucha entre los dioses y los gigantes fue el aliado más fiero de ellos, y junto al gigante Umer mucha desolación causó. Sus dentelladas semejaban carcajadas malignas, y sus ojos de furia causaban pavor al mismo Thor. Sabeís que nustro dios de la guerra Tyr, tiene una sola mano y que muchas veces el consejo pide prudencia por ello antes de iniciar una campaña. Pues bien, Fenrir arrancó su mano...¿entendéis, comprendéis? Hay que ser firme contra la fiereza, pero también prudente. Tras lograr vencerlo, los dioses apresaron y encadenaron a Fenrir, los enanos se aprestaron a forjar sus cadenas...pero ni siquiera su arte y magia pudieron contenerlo... escapó. Grandes tribulaciones fueron aquellas. Fenrir crecía en tamaño y maldad y arduo fue apresarlo de nuevo. Ahora está encadenado de nuevo, lejos, pero se retuerce confiando en su destino terrible, y se alimenta a dentelladas de la luna, que los dioses reponen para nuestra esperanza. Hace unas horas, oísteis sus cadenas gimiendo y su terrible fortaleza. Esta noche, vereís que ha tragado la luz de la luna con ella, y los caminos son más fríos. Y Heyrdal tendrá que reponerla luego, como siempre, sin cesar en su tarea. Pero llegará el día en que las mandíbulas de Fenrir sean tan fuertes y sus músculos tan tensos que rompan la cadena y entonces sus mandíbulas aprisionarán al sol. Ese será el día en que la batalla final empezará, el Ragnarok...y Fenrir matará a Odín. Durante muchos años habrá oscuridad...pero también está profetizada una nueva era resplandeciente tras ello...pero aquí las Nornas no son claras. La bestia está inquieta hoy. Y Balder no está aquí. Pero no temáis todavía. -Sus labios sonrieron y su mirada era más dulce ahora-. Sólo temed las obras del mal, esos dragones que socavan Ygdrasil y esas semillas que os alejan de vuestros compañeros. Son obra de Loki. Y loki...Loki es el padre de la bestia fiera. Y el padre de cada riña entre iguales, envidias y conjuras. Cuidaos de él. Y confiad en que los Dioses logren contener su fuerza mientras sigamos en Midgard. Ved la noche, niños.- Era oscura y fría, amenazadora, el viento corriendo entre las cabañas semejaba aullidos lejanos. Y la luna era un filo mínimo, tras la furia de la tempestad.

***

Muchos años han pasado de aquello. Aprendí de los druidas, sigue a los dioses, abstente del mal, sé valiente. Crecí, sometí pueblos, arrasé y fui valiente. Pero también escuché la Edda de los bardos,

Tiemblan las cenizas
de Yggdrasil todavía en pie;
gime el viejo árbol,
y el jotun queda libre.
Garm aúlla con fuerza
ante la gruta Gnupa,
rompe sus ataduras
y corre el lobo

y los días sin luna y los sonidos metálidos del viento siento amenazas y advertencias lejanas. Miembro de la raza mortal, ya no cuento con la protección de Balder el hermoso, el resplandeciente. Así que fui, y soy, diestro con mi espada, mas prudente. Y nunca he podido evitar sentir cierta inquietud en los días como hoy, en los que sentado en la proa de mi Drakkar, no puedo ver la luna...




martes, 4 de septiembre de 2012

Cuento apresurado...


Entonces todo volvió, como en un remolino. Y una voz que eran espadas que chocaban, llamas crepitando salvajes en selvas nocturnas, tifones golpeando muros de piedra que la sal de las olas había maquillado, rugidos de muchedumbres, la voz clara del Dios de muchos nombres y tantos otros sonidos que una mente humana no puede concebir, mezclados y armoniosos, habló.

Has visto y sólo comprendes ahora. Caminabas por un sendero angosto cuando viste la entrada. Te has acercado y has llegado a uno de mis sirvientes, uno de los que menos poder emanador podría poner a tu servicio. Pero caíste deslumbrado. Has pedido por tu porvenir y tu heredad. Si hubieses sido sabio la hubieses mantenido con vigor y prudencia. Pero deseabas tanto que los ojos se cegaron y tu boca no supo callar.

Recordaba una gruta, una luz, un prodigio. Ante sus ojos, la bruma se convirtió en un genio. Lo envenenó con palabras. Creó ante sus ojos el horizonte de un porvenir, pero le advirtió de la futilidad de los sueños humanos. Gustan los genios de endulzar sus palabras para perdición y sarcasmo de los mortales.

Te concederé todo lo que puedas pedirme antes de que el sol se retire de esa franja. Entonces, saldrás de aquí y verás el mundo que has creado. Elige con perspicacia, pues no sabes nada de aquello con lo que soñarás mañana. Nada te será ocultado

Durante un segundo, sintió el vértigo. Lo superó con la gula del deseo y el poder, construyó un futuro , se sintió benévolo o autoritario, sintió el poder demente del creador, el vértigo del usurpador hacia un poder divino. El tiempo corrió deprisa.

Había anochecido cuando salió de la cueva y emprendió el camino a casa. No se cruzó con nadie en su regreso, pero veía las formas de las casas de sus vecinos, grandes y mejoradas. El camino lucía iluminado por antorchas esbeltas y la noche se retiraba del claro del bosque donde hasta hace unas horas se apiñaban chozas desvencijadas y ahora lucían casonas robustas. Encontró a su mujer llorando -es un milagro- repetía. Sus útiles de cocina parecían extraños, desconocidos y provenientes de otros lugares desconocidos.Los vanos que eran simples rendijas se habían convertido en amplios espacios que hacían el aire más claro. Durmieron felices en un jergón amplio que sustituía sus telas casi deshechas.

A la mañana siguiente, la salida del sol sorprendió a la aldea en una ofrenda espontánea. Todos dirigían sus pasos hacía la imponente Iglesia que sustituía a la ermita modesta del lánguido ayer. Los murmullos de bendición sobre el misterioso viento que había cambiado en un instante sus casas, sus ropas, sus posesiones y sus vidas eran orgullosos, pasados los primeros instantes de temor. Pero tras las celebraciones y las fiestas, llegó el recelo. Pues los labradores cuyas tierras colindaban con las de los aldeanos del pueblo más próximo habían visto en la distancia las mismas casas y los mismos lugares, sin cambi aparente. Así qe sintieron temor, y decidieron esconderse. Compraron tierras a su alrededor,hicieron crecer vallas y empalizadas. Y sus campos se agostaron. Sintieron punzadas de envidia entre ellos. Y sus bienes se echaron a perder, y su vecindad se agrió. Así que nuestro pobre, y trágico, héroe, decidió volver a la angosta cueva de la cual había nacido la alegría y la amenaza de la perdición. Pero de su benefactor inesperado un día sólo encontró palabras frías: los humanos sabéis construir, pero no sabéis fortalecer la savia de lo construido. Vuestro espíritu no persevera en la energía de la ilusión. Fui generoso. Y tú estás siendo ingrato. Lo sé-replicó el hombre, -sólo te pido que consideres mi último deseo. Deseo que todo lo que te dije fuera un sueño, aunque se haya convertido en realidad amarga. Y deseo que puedas hacernos despertar de ese sueño. Los ojos del genio se entornaron. ¿Eres consciente de lo qué me pides? No cambiarás la realidad de los semejantes..la tuya propia. Lo sé. Sólo quiero que me ayudes a hacer crecer otro tipo de planta. Estas serán mis últimas palabras para ti, dijo el Genio desvaneciéndose. Sea como quieres...

El regreso fue amargo. Campos secos y cuarteados, estructuras desvencijadas, lamentos, harapos. En su frenesí, no había sido capaz de despertar de su delirio. Y ahora el esplendor se había convertido en un recuerdo cruel. Los vecinos se agolpaban en la vieja ermita, suplicando perdón a una divinidad despiadada que le había retirado sus favores, tratando de desentrañar su voluntad y sus propios pecados. Y la voz resonaba en el interior de nuestro personaje y era una ola de frialdad lejana venida desde el seno del tiempo y fuera de él, lo abrumaba:

Nada te ha sido ocultado, como prometió mi sirviente. Has deseado  y has obtenido, has visto y quizá hayas comprendido que hasta en la  mañana más luminosa crece la semilla de la destrucción. Habéis vivido en vuestro delirio de bienestar material y egoísta, y olvidasteis de dónde veníais. O quizá simplemente un genio travieso ha jugado con vosotros. Vuestra vida es corta. Recuerda sin rencor vuestro momento y sin angustia vuestros errores. Edificad sobre la fértil tierra. Disfrutad los días y el estar vivos. 

El sol declinaba como una bola líquida y naranja enorme sobre la silueta de una ermita modesta y una multitud reunida en torno. Las sombras se alargaban sobre los surcos renovados.Un genio volvía a dormir un sueño de siglos. Acababa lo que quedaba de un día que culminaba y derrumbaba un viejo sueño. Y mañana empezaría otro, tan viejo como el antiguo.



Sí, es apresurado, pero tampoco quería manosearlo más. Espero que haya sido una buena decisión :)


martes, 8 de noviembre de 2011

Música, cuento*, hasta pronto.

*Esta entrada va a ser algo más larga. El domingo marcho a Irlanda, a buscar una experiencia laboral y una mejor pronusiesion in inglis, así que quiero compartir una historia que hace tiempo me rondaba por aquí. Trata de una historia encontrada en un papel escondido en la caja de un disco de vinilo que contenía esta pieza mágica y alguien con buen gusto me recomendó





así que espero que podaís leerla mientras la escuchaís, al menos en mí están muy parejas. Asumo que la longitud puede ser excesiva y disuadiros de su lectura...pero me arriesgaré, esta vez. Espero que os guste. Y leeros y escribiros desde la verde Erin :)


Érase que se era, en un antiguo reino que las crónicas que del suceso hablan colocan antes del esplendor de las arenas persas y los jardines de ensueño de babilonia, un rey llamado Mdrez. Su reino no ha sido nunca encuadrado, aunque parece las pocas fuentes que disponemos coinciden en que incluía desiertos y selvas remotas, llegando hasta el mar, y protegido por montañas casi inaccesibles al norte. Las crónicas independientes a la que cuenta esta historia lo tratan como a un gran constructor y benefactor de su pueblo, y resaltan la fastuosidad y el esplendor de sus palacios, fuentes y jardines, laberintos gozosos y salas de oración a los dioses y de recogimiento en bibliotecas amplias y cuidadas, junto con otras salas, y edificios a lo largo de su reino que en verdad parecen una exageración benevolente, dada la época probable de que se trata. Su nombre significaba, según los mismos autores, “el que quiere saber”, y en verdad parece imposible que pudiera existir un nombre más apropiado a su talante. Enemigo de la guerra y sus aceros voraces y no envenenado por la pasión que despierta en algunas almas atormentadas el fulgor del oro brillando en la noche, había tratado de vivir según sus propias inclinaciones a la sencillez y a la búsqueda de la sabiduría.

Tenía dos hijos que habían crecido en fuerza, belleza y amor por su padre, pues su madre había muerto cuando ellos aún eran muy jóvenes. Mdrez les devolvía todo el amor que sentía por ellos multiplicado por el que su buena esposa había hecho germinar en su corazón…pero una tristeza lo consumía algunas veces en los paseos nocturnos por sus amenos jardines. Pues sus hijos crecían, según pensaba, en el error de dedicar sus anhelos a aquellas pasiones que el Rey rehuía. Su hijo mayor disfrutaba en el combate y el choque de espadas, y su hija, muy pequeña aún, parecía holgarse demasiado en los bienes que Mdrez creía más breves que un dibujo en la arena. Y varias veces se encontraba sin ellos, en sus reuniones con los sabios que hacía llamar desde dónde quiera que se encontrasen si tenía noticia de ellos, en los exámenes a nuevos pergaminos para su biblioteca y en la contemplación de las estrellas. Y le dolía su ausencia.

Cierto día, llegó un hombre a palacio, diciendo ser un hombre sabio (la mejor de las credenciales que con el buen rey se podría presentar) que solicitaba audiencia con el Rey. Cuando Mdrez accedió, el augur, pues tal era su arte, le contó las historias más extrañas que nunca hubiera oído, pero tras esas gozosas revelaciones, le advirtió sombríamente que para desgracia de su pueblo y de su reino, los dragones de la guerra habían despertado al otro lado de su frontera. El pueblo nómada de los Hunai había arrasado la antigua ciudad de Salmerai, la ciudad dónde nació la escritura y la sede del gran palacio de los sabios, según la leyenda. Y Mdrez sintió cómo el ardor del viento del combate quemaba su estómago, a la vez que el temor helaba su espalda. Pero nada dijo. Quiso preguntar al misterioso augur que depararía el futuro:

-Sólo me es dado pronunciar las breves frases que traza el río que vemos correr a pocos pasos entre tus árboles de la seda y las acacias del jardín. Estas son: Conocerás la sabiduría, pero pagarás el precio. La primera herida la recibirás del reino y tu heredero. La segunda, de tu hija y los habitantes de tu ciudad más lejana. La tercera será la más dolorosa, pero quizá pueda curar las otras dos en el corazón de un hombre sabio.

Mdrez sintió aprensión y temor, pero quiso ofrecer al adivino cobijo y sustento esa noche. Miraron las estrellas y el Rey quedó asombrado por su conocimiento de las danzas celestes. Al nacer el día, marchó con la escarcha de la mañana. Durante un tiempo, el Rey pensó en las palabras del adivino, sin encontrar más sentido que una posible guerra, pero el tiempo pasó y fue disipando sus temores.

Meses después, sus consejeros demudados, interrumpieron en una de sus salas, mientras examinaba los mapas antiguos: “Señor -le dijeron- los mensajeros informan de que nuestras fronteras están siendo invadidas. Un enorme río de gentes pacíficas de los reinos más allá del desierto atraviesa las fronteras del Este. Todo nos hace pensar que los Hunai se aproximan.

Mdrez recordó y maldijo las palabras del adivino. Tiempo después, sus inquietudes parecían regresar cruelmente. Mandó a sus mensajeros hacia las fronteras, más allá de desiertos, páramos y cordilleras, y trató de no precipitarse, tal el hombre sabio y precavido que aspiraba ser. Pero las noticias no eran fáciles de esconder, y una noche, el príncipe se presentó en sus austeros aposentos. “Padre –se dirigió a él con dulzura- me lo has dado todo y ni siquiera sería digno de desenvainar esta espada si su filo te apuntara a dos tiros de lanza. ¿Pero por qué no confías en mí?. Oigo que los Hunai nos amenazan y no voy a ser yo quién anhele romper su brida con mi daga? Dime que renuncie a tus palacios, y lo haré. Ninguna queja me oirás pronunciar si me prohibes viajar por tu reino. Aguantaré sin lágrimas si me pides que no aparezca en tu presencia. Pero no me pidas que no defienda tu reino y el amor de tus súbditos frente a quienes lo amenacen.”

Mdrez le replicó, “hijo mío, ninguna cosa de las que has dicho podría ni siquiera empezar a ordenarla. Tú y tu hermana sois mi mayor felicidad, y no despegaría mis labios para decir algo contra vosotros sin pedirle a la muerte que llegara desde su pozo del desierto a llevarme con ella inmediatamente. Pero hay graves augurios en tu contra y temo que marches, y te prohibo marchar. Otros generales dirigirán la expedición”

-¿Acaso envíamos al mastín para aplacar al lobo, padre?- gritó el príncipe, presa del dolor. Tu reino es mi sangre, y si resulta herido, yo sangraré.
- Podría encerrarte.
- Podrías. Pero me prohibirías cualquier esperanza de felicidad
- Podría explicarte
- Podrías. Pero no apagarías la fuerza de mi decisión
- Podría convencerte de que…
- No, padre. Eso no lo podrías hacer.

Mdrez se sintió conmovido, pero temía aún, porque amaba a su hijo y el amor ve con más perspicacia todos los peligros que existen en el mundo. Y se resistía a concederle su deseo, aunque esto también le desgarraba las entrañas. Tras tres noches sin poder dormir, torturado por los malos augurios y elevando sus plegarias a los indiferentes dioses, llamó a su hijo, y con la voz temblorosa, le dio su permiso para partir al frente de sus tropas. Una lágrima cayó en su mano cuando el príncipe se inclinó para besarla. Mientras partían, el Rey temblaba ante la perspectiva de que quizá fuera el último recuerdo que le quedase de él, y sintió angustia. La caravana fue desapareciendo tras las murallas de su capital, llamada Afoz.

Durante el largo tiempo que siguió, las noches fueron el peor castigo para Mdrez. Por el día, disfrutaba del crecimiento de su niña, que llenaba de olvido sus peores imaginaciones, pero en la noches se veía solo, incapaz de dormir, y cuando lo conseguía un breve rato era acosado por las pesadillas. Vió morir a su hijo de muchas formas, y a sus mensajeros incapaces de dejar de tartamudear ante la noticia. Vió su sepulcro frente a los de sus padres y el de su querida esposa. Y temía acercarse a las murallas y mirar el horizonte, estaba pasando demasiado tiempo… Así que cuando oyó la música que anunciaba la llegada de un correo importante, se sintió desfallecer, Se sentó pesadamente en el trono, y trató de encontrar motivos de esperanza en su rostro. No quería ordenar al mensajero hablar antes de eso. Pero no los encontró. Así que cuando lo ordenó, y la voz neutra aunque orgullosa del correo le explicaba su gran victoria frente a los nómadas, e incluso la liberación de Salmerai, un triunfo mayor del que hubiera podido soñar cualquiera en la corte, y el envío de todos los libros que había sido posible rescatar de la destrucción, el rey se sintió aliviado, conmovido, orgulloso, perplejo. Y se avergonzó de haber hecho caso a un vagabundo que se decía adivino antes que confiar en el valor de su hijo. Y quiso cabalgar a su encuentro en la frontera, junto con su hermana, la hija que tanto alivio le había proporcionado a su tempestuoso espíritu.

El encuentro fue alegre y sobrio, Mdrez no era dado a las efusiones. Pero sintió que podría morir tranquilo cuando vio a los dos hermanos abrazándose sin fin. En la tienda del príncipe, los planes de reconstrucción de las murallas a lo largo de todo el reino para prever futuros ataques y la anexión de las ciudades arrasadas por los Hunai antes de su derrota para que sus antiguos habitantes pudieran retomar su vida en ellas ocupaban cientos de planos, órdenes, informes. Fue hablando de ello cuando la princesa le pidió quedarse en aquellos lugares para poder dirigir la reconstrucción. Entonces, el Rey pensó en las heridas profetizadas. Porque no quería separarse de ella, ni verla sola en un mundo que no conocía, y porque su mente volvió a imaginar todos los peligros que podría correr. Sin embargo los días pasaron, y cuando la caravana real inició el camino de regreso para otorgar la celebración en honor del príncipe, el Rey accedió a sus deseos, y ocultó sus lágrimas. Durante el camino de vuelta enviaba correos veloces para asegurarse de que no le faltaba nada y que sus deseos eran cumplidos. Las noticias de vuelta eran breves y tranquilizadoras, pero entre ellas siempre seguía esa desazón leve de no poder contar con su querida hija a su lado, que ni siquiera sus cartas disipaban.

“Querida luz de mi vida, habeís destruído las malas semillas y edificado la esperanza de ciudades populosas. Habeís crecido y prosperado en rectitud, como el poderoso árbol de la seda que ha recibido los dones de la claridad y la frescura. Me siento orgulloso de ti. Pero voy envejeciendo y te extraño. Besos, bálsamo de mi incipiente vejez”

“No es propio de un gran Rey amado de sus súbditos y temido por sus enemigos hablar así, querido Padre. Sabes que quedan muchos años para recibir y sentir el afecto de su pueblo agradecido, y de tus hijos que te adoran. Tanta lectura te hace el ser más pensativo del reino, pero te vuelve demasiado sentimental. ¿Por qué no sentir de nuevo el viento en tu rostro? Oigo que mi hermano se ocupa de planificar las murallas, al otro lado del reino. Como mi trabajo, llevará años. Pero merecemos encontrarnos antes de terminarlo. Recibe mi amor más puro, Padre”

“Leo la carta de mi querida hermana y me sumo a sus reproches, Señor. No es propio quejarse tanto, ni temer por nuestro desempeño. Somos felices y pensamos cada día en ti. No debes sufrir. Envío con mi jinete más veloz mi entusiasmo por la idea de la princesa, debemos darte una alegría. La lectura está ablandándote, Padre”.


El rey pensó en lo mayores que se habían vuelto, de repente, en lo mayor que debía resultar y en su propio cansancio, ates de pedir al cielo por la salud y la alegría de sus hijos y agradecerle su inmensa fortuna. Esa misma tarde, comenzaron los preparativos. Y semanas después, Mdrez inició su camino a través del reino, por todas las ciudades principales, que multiplicaban su población con la gente que llegaba de las cercanas, aclamado y feliz, pero ansioso por encontrarse en las fronteras que reconstruía su princesa. Las crónicas se detienen en demasiados detalles sobre cada ciudad, cada edificio, todas las muestras de admiración que el Rey despertaba, más aún cuando se unió desde el Oeste el príncipe que salvó su reino. Vale decir que se demoraron felizmente en llegar a su destino.

La ciudad de Istafanu, antigua enemiga ahora reconstruída y sumada a su reino, abrió sus puertas entres pétalos de flores, fiesta y música. Fueron días de felicidad, explicaciones, reencuentros. Las ciudades que la guerra había destrozado aparecían radiantes y plenas de vida. Mdrez no pudo sino admirar el desempeño de su hija, y sintió extrañeza por las preocupaciones que había albergado cuando era una niña. No habían seguido su visión de la vida, y a veces se lo había reprochado en silencio. Pero estaba equivocado. Visitó otras ciudades, recibió nuevos homenajes, y un día, el día de la nueva separación llegó. Mdrez se sentía cansado, y pensó que quizá la próxima vez en que los vería de nuevo y juntos fuera en torno a la cama de un anciano enfermo. Pero esta vez no quiso sino disfrutar de cada momento con ellos, y cuando la separación llegó, la emoción estaba de parte de sus hijos. El príncipe no encontraba palabras, y la princesa lloraba y sonreía. Más tarde, cada uno siguió hacia su misión, planificar una defensa, reconstruir una ciudad, gobernar un reino.

Pasaron los años.

Cierto día, tras el breve paseo que sus piernas fatigadas le concedían y sentado en una silla de la biblioteca, ojeando algunas historias de civilizaciones remotas, recibió un anuncio; un súbdito suplicaba verlo, y añadía que ya habían hablado antes, hace mucho tiempo. Mdrez raramente negaba una audiencia. Pero no esperaba que el antiguo augur, alto y enjuto, con la barba y las sienes ya plateadas, los ojos más hundidos pero su misma sonrisa, volviera a verlo. A veces había pensado en su predicción, pero se le había ido olvidando. De cualquier manera, siempre sería grato tratar con él. Le indicó que se sentara junto a él y le mostró sus volúmenes, orgulloso. La conversación se demoró entre noticias de los pueblos de las montañas y la explicación de fenómenos extraños, como aquellos en los que el sol parecía oscurecerse para volver a nacer de la que hablaban los antiguos. El cielo fue nublándose, y al fin, antes de retirarse a sus aposentos, el Rey quiso saber su futuro, y sobre todo, si había sufrido ya esas heridas que le otorgarían la sabiduría.

El adivino le respondio: “En cada corazón se interpretan los designios de la naturaleza de distinta forma. Pero por lo que hemos hablado esta tarde, sé que sufriste por tu hijo cuando partió a luchar, te entristeciste por la partida de tu hija, y no confiaste mucho en ellos. No eran lo que tú hubieras deseado, pero ahora sabes que estás orgulloso y feliz de ellos. Así que la primera herida del miedo a la guerra te enseñó que no es bueno sufrir por aquello que el destino no ha provisto aún. La segunda fue otra separación, la del miedo a la soledad y la falta de confianza. Y has aprendido que aprender es siempre equivocarse, caer, recordar lo que no sabes. La tercera herida se refiere al suceso doloroso que siempre acompaña al Rey más poderoso o al cabrero más humilde. Mi querido y resplandeciente Rey, para las cosas que de verdad importan…siempre se aprende demasiado tarde”

El adivino, cuyo nombre no menciona la crónica, lo que hace especular a ciertos eruditos sobre su autoría, pasó algunos días en conversaciones con el rey, en la que trataron la sabiduría de los pueblos que no recopilaban sus conocimientos en pergaminos, el lenguaje de las aves, los seres de las cumbres de las montañas, las leyes de los caminantes del desierto y las leyendas de los seres del río que atravesaba gran parte del reino. El rey organizó una cena en su honor, y el adivino partió a la mañana siguiente. Mdrez lo vio partir desde sus jardines, con su cayado y su andar lento pero decidido contra el sol que oscurecía su silueta y hacía refulgir las cantarinas fuentes de sus jardines de distintas alturas, como cascadas doradas y arcoiris.

Los relatores cuentan que Mdrez vivió más años rodeado del amor de su pueblo y los suyos. Sus hijos hicieron prosperar su reino, y fueron felices en la valentía y la bondad, como su padre lo había sido en la sabiduría. Y a partir de su reinado, el país fue languideciendo, sufriendo al acoso de sus vecinos. Lamentablemente, las fuentes parecen basarse en unos pocos textos y los palimpsestos encontrados sugieren que quizá se trata de una historia común a muchas culturas, aunque la falta de datos de algunas épocas y territorios hagan defender aún a varios investigadores la veracidad histórica del gran Rey Mdrez y sus hijos Arslum y Yauntiai. Leyenda o historia, a este explorador le pareció que merecía ser contada, y que quizá encierra algún detalle valioso para algún lector que se aproxime a este humilde relato. Y para que conste, así lo manifiesta y lo deja escrito.

La foto es de un parque de atracciones disney. También venía en la caja del vinilo... ;PP