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lunes, 11 de marzo de 2013

El imposible olvido (canciones para la BSO de una vida, track 14)


Esta es la canción más hermosa del mundo. La estaba oyendo, y pensé que quizá podría tratar de escribir algo, y compartirlo, bajo su hechizo. Por supuesto, ella no tiene culpa de todos los defectos que tendrá lo que viene. Espero que os guste :)




Ahora lo sabía: Siempre lo había querido. Años antes de arruinar sus días, gastaba el tiempo construyendo orfebrerías con las que engalanar casas de alcurnia, fiestas y mansiones de lóbrega suntuosidad. Pensaba, absorto en sus minuciosidades, que su destino no le importaba. Y fue olvidando o aplazando su condena. Un día (¿qué fue?, ¿un comentario, una asociación inconsciente, un giro del destino?) la herida se abrió, y manó culpa negra y torvos sentimientos. Un ángel vengador se instaló sobre el dintel de su puerta, y aunque trató de seguir con su vida cotidiana, de repente resultó claro que siempre había sido imposible.

No dejó nada atrás. Eligió para su partida un día ventoso de otoño La noche anterior, sin luna ni nubes, condujo breves minutos y después erigió una hoguera en la llanura desolada que cercaba su casa, pretendiendo que las cenizas fueran lejos y se posaran en inmensidades donde su tormento fuese ignorado o vano. Los recuerdos iluminaron su cara, y el calor del fuego lo consoló. Dudó si dejar el coche y volver andando a casa, pero al final decidió abandonarlo frente a su hogar, no allí.

El amanecer azuló colinas y alumbró su indiferencia, coloreó su vaho estremecido; él sonrió con sus labios resecos. No había podido dormir por la noche, así que se retrasó hasta que el sol estaba alto sobre el horizonte. La carretera perdida que quizá le condujera a una respuesta, los fantasmas familiares de hacía años, sus pruebas...todo ello cargaría, y cargó, sobre su espalda envejecida en cuanto dio el primer pasó. Si él hubiese escrito su historia, diría que no miró atrás. Pero lo hizo, y sintió deseos repentinos de refugiarse en su casa y no salir ya nunca. Pujando contra ellos, la perdió de vista. Se sucedieron los días. El sol amarilleaba rastrojos, cuarteaba las tierras secas y perlaba su frente. El tiempo, el camino, los recuerdos, los deseos, un delirio de soledad le hicieron pensar en obsesiones de un verdadero encuentro y promesas de una redención factible . Pero el camino era largo, y las noches frías. Cuantas veces el viento derramó su acero pálido contra su esfuerzo. Cuantas un demonio interior se burló de su propósito y cuestionó el amor que pensaba que lo había impelido a partir.

No tengo nada, y ya nunca tendré nada, pensaba. El camino es oscuro. No sé si me quedan muchas fuerzas. Y me siento solo. Ni el rumor del agua, ni la agitación del viento o la caricia de la nieve me han acompañado.Pero ahora sé que no me arrepiento. Hice bien en partir, y mi alma no se encuentra abatida. Estoy cansado, y me hundo lentamente, pero sólo siento aprecio por todos los que fueron conmigo. Y un inmenso pecado que el tiempo no borrará, pero dormiré en paz. 

Pero los recuerdos son a veces más persistentes que la voluntad, y muchas veces dolieron como puñales. Los detalles se deformaban, y variaron sus concreciones. El deseo, la ira, la discusión, la crueldad gratuita, la estupidez de rechazar un futuro...todo ello permaneció. Hubo una guerra, y los hermanos se levantaron con furor asesino. Cualquier rencor sirvió a los propósitos criminales, ebrios de triunfo. Denunció a su propio hermano, furioso contra una mujer. Se arrepintió enseguida, pero ya no sirvió de nada. Y el sonido de un motor arrancando en la noche para alejar su proa de los condenados lo destrozó todo. Eligió vivir lejos de los hombres, porque prefería la soledad al desprecio.

Llovía copiosamente cuando vio a lo lejos un perfil similar, recortado contra el cielo. Apenas había cambiado nada. Una gran alegría y una gran opresión nerviosa en el pecho lo acompañaron durante su acercamiento. Contempló la espadaña de la modesta iglesia. La cancela gimió lastimosamente, la lluvia repicaba en las losas. Unas flores resecas que la lluvia apenas pudo revivir antes de ser arrancadas apresuradamente se posaron sobre la hierba húmeda, con dolor, con ansia, con versos semi olvidados, con liberación y horror infinito, con consolación en la vista de un poniente despejado donde no habría más lágrimas, su culpa fuera expiada y llegara la hora de la reunión y la paz definitiva. Sus rodillas maltrechas se posaron sobre la tierra, besó el mármol frío y miró cada relieve y detalle de la inscripción de la lápida. Sus ojos entornados viajaron hacia otros tiempos, quebró la piedra que lo había endurecido y hecho malgastar su vida en la sequedad de los infelices, y viajó a través de las lágrimas, sombrío y eufórico hacia su inocencia perdida, sus recuerdos felices, sus anhelos cercenados por el poder del rencor, volvió a ese lugar, viajó entre nubes, hasta volver a sentir hasta la misma médula latente de su amor recobrado.

Y llegó a mí.





martes, 14 de agosto de 2012

Parte seis del relato sin nombre ni dirección... Sin título xD


Muros imponentes de basalto que parecía brillar con negritud acusadora flanqueaban el pasillo, hacia donde se situaba la sala donde esperaría a ser llamado. G sentía flaquear su decisión. No están construidos de mineral, sino de fallas humanas sumadas hasta erigir una mole de acusación y vergüenza. La codicia permitió cabalgar por entre los distintos mundos una Corporación cruel, y la indiferencia los ha fortificado. Es el mal corporizado. Irresisitible, cerniéndose sobre cada pobre diablo que pasa por aquí. No soy inocente, pero no merezco tal castigo. Ayer soñe con esto, una horrible pesadilla, pero sólo eran imaginaciones. El temblor de manos, la garganta seca y palpitante, el sudor...es un sufrimiento físico.Es una angustia que llega a los nervios desde la más simple quietud que susurra amenazas. Ojalá no estuviera aquí.

La sala era simple, sillas y pared blanca. Los cambios de luz se reflejaban en sus texturas y G se sentía atrapado entre un lugar en el que no quería estar, pero mientras estuviera allí, no estaría en el otro, que temía. Y podrían llamarlo en cualquier momento. Trató de respirar rítmicamente para tranquilizarse, evitar el movimiento aleteante de sus manos crispadas, dominar su sudor copioso. Pensaba en los jardines monásticos donde se refugió su familia tras el desastre, sus deseos de elegir un camino distinto, el festival de la sangre y el sufrimiento convertidos en comodidades y lucros lejanísimos. Su papel inconsciente...y no sabía si culpable o no. Sus deseos de olvidar, cambiar, buscar, regenerarse, huir. Y la luz blanca de la pared agonizaba y trataba de revitalizarse a veces. Y sus filos cambiantes sonaban a culpa y castigos.

El tiempo seguía embistiendo su entereza con tesón. Cada segundo se sentía volando, realizando extrañas piruetas para evitar la ferocidad de una reunión a la que no quería acudir y que adoptaba el nombre de un destino prefijado antes de que su propio planeta hubiera sido formado. Había tropezado en medio de su vuelo y caído en una trampa. La niebla había oscurecido sus ojos. Y el fuego había quemado, y lo seguía haciendo con saña, cualquier amago de resistencia... ante su propia empresa, en la que había entrado con sueños e ingenuo (Ingenuo significa nacido libre, recordó. En otro momento, hubiera sonreído con el recuerdo. Esta vez parecía otro oscuro presagio más) Era una tormenta interior que arreciaba con tal violencia que llegó a desear que llegara su turno, para encaminarse al sufrimiento como quien corre hacia su esperanza. Pero ese mal materializado que lo mantenía inerme, parecía no llegar a su fin, y nunca llegaría, de algún modo. Sin embargo, algún fallo en el cálculo del tiempo permitió que, tres o cuatro veces pensado, estos sentimientos se aliviasen, y su mente se abstrayera de la intensidad del acecho que había sentido ¿Querrían que estuviese con la guardia baja ante sus amables acusaciones llenas de veneno aunque aparentemente condescendientes? Supuso que sí. Y se sintió más fuerte. Aunque sabía que era una sensación transitoria que sería desmentida cuando fuera llevado ante la comisión, de una jerarquía mínima y una rigurosidad máxima, acuciada a su vez por otras comisiones superiores..a su vez lejanísimas en jerarquí y poder del verdadero Consejo.También el mal es banal, se permitió ser cínico (¿había sustituido su inmadurez por ello, o la había disfrazado?, y quienes me castigarán está llenos de rencor, miedo y amargura hacia otras sombras parecidas. Y de nuevo eso le envalentonó brevemente.

Fue un sonido breve, y una mirada huidiza de otro de los sirvientes de la Compañía. De talla normal, flaco y tieso de hombros, como un gato resabiado y temeroso. Esa breve impresión lehizo sentir por él un fugaz relámpago de simpatía, aun con su bigotito fruncido por su labio superior y sus gafas pretendieran distanciarse de él y sus problemas. No se veía la cara, pero la suponía angustiada y ansiosa de comprensión. El sirviente, con su camisa oscura y su chaqueta gris, le guió rápidamente a lo largo de pasillos fríos y mal iluminados. El eco de los pasos resonaba como percusión de una caja arrugada y defectuosa. Llegaron a una puerta, y al pasarla, esperaron un ascensor lejano. Estaban en el sótano. La puerta se abrió, y bajaron aún más.

-Espero que entienda que mi actuación es puramente profesional- dijo su guía. La repentina afirmación sorprendió a G, que trató de sonreír. Él también era alguien atrapado. Y eso significaba que era su compañero- y que tengo que advertirle de que toda su comparecencia será grabada. Deberá guardar el debido respeto a todos los miembros de la comisión, y hablar sólo en caso de que se le conceda la palabra. La compañía se reserva el derecho de llamarlo a usted todas las veces que considere necesario. y las informaciones sobre las que se le pregunte proceden de un exclusivo anonimato. No pregunte acerca de quienes las proveyeron. Responda de manera clara. Tras la comparecencia, se le informará de si puede volver a su puesto, o será cambiado, o separado del mismo.

Aturdido, asentía. Antes de poder entablar conversación con él, había vuelto a su costado, mirando como el pasillo se alargaba, y las luces se encendían brevemente a su paso para enseguida desaparecer. Había una puerta a la izquierda. Entraron, subieron otra escalera y G supo que la siguiente, más amplia, era aquella tras la que sus temores y esperanzas esperaban. El sirviente llamó, y una cara inexpresiva le miró, como si fuera una estatua defectuosa. Los rasgos duros y picudos de su cara y su pelo escaso debían servirle para dar una bienvenida adecuada, pensó G. Ahora que llego a lo que me aterroriza, me encuentro divertido como pocas veces. Y no sé si es una forma de voluntad de resistencia o destrrucción. Si había abierto la puerta, era el menos poderoso de todos. Cuando entró, el silencio se imponía. Tuvo que sentarse alejado de una mesa ovalada alrededor de la cual, 7 personas hablaban de él y con él sin mirarlo.

"Hemos recibido informes muy desfavorables de su actitud, 2045678MYRX" empezó una voz femenina con tono cortante... Y entonces supo que allí empezarían sus problemas.

viernes, 22 de junio de 2012

Caímos en la noche

Nada había, porque nada existía fuera de nosotros, y lo que nuestros sentidos cercenados vagamente lograban intuir. Silenciados, veíamos con nuestros dedos las piedras antiguas, nuestro rostro sentía las tempestades lejanas, nos oíamos y no pronunciábamos palabras. Olíamos el humo. Pisábamos monedas frías. Avanzábamos en espirales, entre salones derruidos.

No era la oscuridad que alguna luz lejana disipa y burla de repente. Era viscosa y helada. Había gritos y a veces risas nerviosas. Las estrellas no aparecían. Los susurros daban noticias de nosotros. Había una guerra. Quien buscaba la luz, rasgaba la palma de sus manos, sacrificando algo más claro que la noche cruel. Quien apelaba diciendo que deberíamos esprear la luz del cielo, sin enemistarnos con el creador de la oscuridad, habían cubierto sus manos con el lodo del suelo. Se buscaban, discutían, gruñían y construían teogonías detalladas. También existían ateos, sofistas, místicos, violentos. ¿Quién creyó en las revelaciones de videntes en un mundo cegado? ¿Qué se manifestó en esos rumores persistentes de una hoguera lejana desde la que se había iniciado la redención? Separados de la luz. Una espesa negrura que ningún límite contiene. El goteo de una tubería cercana nos parecía la percusión de una sinfonía, y los gruñidos de violencia y agonía de animales salvajes una manifestación de vitalidad y alabanza.

Había quien se acostumbró a vivir entre muros, y recorrerlos. Hubo quien siguió el sonido de las corrientes del gran río, que nunca se demostró ser el mismo, o bien distintos. Breves formas que adaptadas surgieron, alimentaban ascéticamente y de vez en cuando proporcionaban visiones de colores. Su crueldad fue declarada y prohibidamente veíamos grifos, leviatanes, hidras, recuerdos de cuentos que los viejos enseñaban a los jóvenes, cada generación más absortos. ¿Qué es un hocico, qué una escama, qué una ola? Sorprendidos por la súbita oscuridad, todo se simplifica y la cadena se torna de terciopelo (un día nos dijeron que era lo contrario del tacto de las rocas).

En esa noche ferviente, construíamos vidas. Aprendimos a conocernos por el ruido de las pisadas, a reunirnos en asambleas banales que daban constancia de nuestra resignación y lamentos, pero que servían para llorar porque al lado había alguien que también había compartido nuestras esperanzas, y también lloraba. Pedíamos una explicación, un salvador, una promesa. Pero caíamos, y seguíamos cayendo, pocos habíamos conocido la luz, y para algunos, su vuelta sería el verdadero suplicio. La madera podrida. La lluvia, ácida. En despojos de palacios, cabalgaba la muerte en manos de sectas terribles. Y en las orillas del río, un olor indescriptible nos alejaba. Vagábamos enloqueciendo. Huíamos sin pausa. En pozos antiguos, nos aferrábamos a las ramas de frutas dulces, sin importarnos nada.

Caídos en la noche, esperábamos merecer la nueva oportunidad de una aurora.

viernes, 30 de marzo de 2012

Relato fugaz

Por feisbuc me enviaron una solicitud de escritura de relato breve, y ya que no estaba muy ocupado esta mañana, lo he hecho. No sé si lo presentaré allí, supongo que sí. Ya que está hecho... xDDD Pero aquí sí que lo pongo, que estaba desconectadísimo de esto. Aquí lo teneís, y hola a todos de nuevo, sé que he estado muy muy ajetreado estos días...que os guste, espero.

INSERTE SU PROPIO TITULO AQUÍ (No sabía cual ponerle, si os animaís, me decís alguno. Dios, que vago estoy)


"Muerto, las arenas envolvieron su cuerpo", era el final de la oración más sagrada, aquella que reverenciaba al profeta que llegó de lejos y dejó su legado de santidad y conocimiento del que nunca cambia. Sus palabras acabaron en libros desconocidos, y durmieron durante muchas estaciones. Eremitas que habían renunciado a la púrpura encontraron sus huellas en palimpsestos dispersos por las costas que las corrientes marinas acercaban. Supieron de las doctrinas extravagantes y atrayentes de las transmigraciones aúreas entre cuerpos desnudos en el momento del climax, las formas de adquirir la valentía de los guerreros muertos, los rituales que conjuraban las tormentas de arena y las galernas en los territorios de las lagunas heladas. Se le atribuyeron mapas, guías, comentarios acerca de los textos sagrados de los bhodi, que auguraban una reparación completa a las fatigas del cuerpo mediante la educación del alma, cuya existencia sus feroces enemigos doctrinarios negaban. Leyeron sus textos a la luz de las más variadas formas místicas.

Se le asignó una biografía. Nacido en tierras boscosas y de luvia perenne, llegó desde el angosto mar hacia la luz de las ciudades libres y unidas tan sólo por las caravanes de mercaderes. Fueron parcos en la asignación de prodigios, hecho que las siguientes generaciones subsanaron, generando un cisma entre quienes aceptaban sólo los primeros escritos como inspirados por los efluvios de la divinidad ubicua y aquellos que la extendían a ciertos exégetas y ascetas posteriores. Con el tiempo, las corrientes se fueron separando, y las disputas por los tronos adquirieron el color de los bandos enfrentados, acentuando la inestabilidad de reinos, califatos, satrapías, patrias.

Apenas quedaba nada del mensaje original que un día trató de implantar una noche fría entre los miembros de un pueblo de nómadas que le pidieron una historia al extraño que les acompañaba de vuelta a su hogar, para ver mundo. Tartamudo y con deficiente comprensión de la lengua de sus acompañantes, trató de repetir la historia que sus antepasados contaban, acerca de la separación y la redención de los viajos amantes, cuya relación no era nunca la de la fulguración que elimina el desgaste del tiempo, sino una dura y dolorosa lucha en las tinieblas en busca del encuentro y la reconciliación definitiva. Y era un relato amargo, pero en el que cabía inmensa, la esperanza y el ímpetu de felicidad.

Sus huéspedes aplaudieron su historia, y la llevaron a otras ciudades, una vez que el extraño no pudo superar unas fiebres causadas al atravesar un pantano y ser quemado en una pira, de acuerdo a lo que creían que debía haber sido la costumbre de su pueblo desconocido.

Cabe suponer que ante el dios de infinitas caras, una por cada creyente, se sentía avergonzado por haber iniciado aquel juego de infinitas causas y consecuencias que no es capaz de desanudar la frustración del desconocimiento acerca del futuro y el destino de la muerte. Otra posibilidad es que fuera sólo el instrumento de esa voluntad divina que, si existe, nadie puede aspirar a comprender.





Hasta pronto. Por cierto, blogger no me ha dejado hacer comentarios en muchos blogs, espero que se arregle a no mucho tardar...

martes, 3 de enero de 2012

Parte cinco del relato sin nombre ni dirección...la conversación

La arquitectura reflejaba las diversas etapas del patio del recinto monástico, las abigarradas en tiempos de dificultad, las sobrias reflejo de las épocas prósperas, las atormentadas pertenecientes a los periodos de guerra y muerte. Aunque sería simplificar demasiado, todas capturaban distintos elementos eclécticos y variados sobre el cristal y el mármol que se elevaban hacia un cielo recreado falsamente apacible. Los geométricos jardines se extendían a lo largo de la ciudad para deleite y meditación de sus habitantes, o encuentros, o simplemente, para sentirse parte de algo. Lo cierto es que el tiempo parecía transcurrir más lento, y si la palabra paz tenía algun sentido en este Universo atormentado, pensaba G, quizá era algo parecido a ello. Su hermano estaba más delgado, y su mirada más hundida. Hablaban de los viejos sueños como de algo que aconteció antes de ellos mismos.

- Pareces cansado... ¿Qué has encontrado en tus viajes y tu deseo de salir a buscar otros mundos?

- A veces alegría y experiencias nuevas. A veces, tensión e incertidumbre. Parece como si la oscuridad interior de cada uno trocara en un mundo de bruma, falta de armonía y desengaño, como vivir en el alma de un ser superior y atormentado. ¿Es ese tu Dios, hermano?

- ¿Dios? No lo sé. He aprendido a desconfiar de los que lo citan a menudo o dicen hablar en su nombre. Sólo sé que toda la sabiduría y el conocimiento antiguo no sirven de mucho si uno no es capaz de convivir con los otros y consigo mismo. Y he llamado Dios a ese impulso de simpatía y afecto.

- Creo que mamá no entendería mucho eso (risas)

- Los hijos suelen creer que los padres viven desde el momento en que ellos lo hacen y para ellos. Lo cierto es que la vida aquí no es trepidante, pero te sientes a salvo.

-¡Pero es una ilusión! Allá afuera, la gente sufre y trata de ser feliz en laberintos de piedra y no consiguen encontrar un camino. Y vosotros os limitaís a encerraros y creer que el camino es aceptar el orden. Pero no ayudaís a nadie.

- Nadie puede ayudar a nadie. Pero a veces es necesario un respiro. Los fundadores...

- Oh, no, eso es propaganda, y lo sabes. He gastado mis fuerzas en llegar a ser...en llegar a ser el engranaje brutal de una empresa de la que no conozco nada y sólo aporto mi cara a la cara despreciable del trabajo mezquino y el peligro. No puedes decirme que la meditación cambiará eso, siempre habrá alguien dispuesto a ver en el otro el instrumento de su codicia.

- Sí, o de su ira, o de su envidia, o de su maldad. Querido hermano, sólo te repito la sentencia que creó este mundo: La ley escrita mata, pero el espíritu vivifica. No hay remedios, ni recetas. Tienes demasiado aprecio por los absolutos. Y la verdad que buscas es demasiado grande y poderosa para que pueda existir. De hacerlo...

- Sí...lo sé. Parece que la duda venenosa es todo lo que existe. Sobre lo malo no dudamos nunca...(mueca indiferente) acaba pareciéndonos natural.

- Debe ser duro ver tus ideas destrozadas por la realidad tan pronto. pero ten confianza en que hay otras realidades más amables. "No arrojes al héroe...

- ...que hay en tu alma. Conserva santa tu más alta esperanza". (Risas) Siempre pensé que parece mentira que tantos siglos después, esos libros sigan recordándonos estas cosas.

- Te encantaban. Espero que sigan haciéndolo.

- Los rechacé y ahora vuelvo a recordarlos algunas noches. Quería construir mi vida en base a lo que aprendiera por mí mismo, sin tener que renunciar a equivocarme.

- Yo también. Pero no me gustaba tanto el mundo como para que creyera que podría habituarme a sus verdades.

- A mí tampoco. Pero creo que aún así, es bueno poder enfrentarse a ello.


La tarde declinaba entre la brisa y las luces refulgentes de un atardecer silencioso en los cristales que alababan a un desconocido sentido de la vida entre sus pliegues fantasmagóricos y espirituales. Las siluetas caminaban entre las sombras alargadas que dibujaban heridas en la hierba pálida. Tenía pocos días antes de su partida. Se relajó, y siguió su camino en silencio, hasta su casa. A veces se sentía otro, pero lo que pervivía de él, se daba cuenta.En unos pocos días, esperaba el director general. Pero ahora ya no sonaba tan temible. Él era solo una vida más. Y era consciente.




martes, 8 de noviembre de 2011

Música, cuento*, hasta pronto.

*Esta entrada va a ser algo más larga. El domingo marcho a Irlanda, a buscar una experiencia laboral y una mejor pronusiesion in inglis, así que quiero compartir una historia que hace tiempo me rondaba por aquí. Trata de una historia encontrada en un papel escondido en la caja de un disco de vinilo que contenía esta pieza mágica y alguien con buen gusto me recomendó





así que espero que podaís leerla mientras la escuchaís, al menos en mí están muy parejas. Asumo que la longitud puede ser excesiva y disuadiros de su lectura...pero me arriesgaré, esta vez. Espero que os guste. Y leeros y escribiros desde la verde Erin :)


Érase que se era, en un antiguo reino que las crónicas que del suceso hablan colocan antes del esplendor de las arenas persas y los jardines de ensueño de babilonia, un rey llamado Mdrez. Su reino no ha sido nunca encuadrado, aunque parece las pocas fuentes que disponemos coinciden en que incluía desiertos y selvas remotas, llegando hasta el mar, y protegido por montañas casi inaccesibles al norte. Las crónicas independientes a la que cuenta esta historia lo tratan como a un gran constructor y benefactor de su pueblo, y resaltan la fastuosidad y el esplendor de sus palacios, fuentes y jardines, laberintos gozosos y salas de oración a los dioses y de recogimiento en bibliotecas amplias y cuidadas, junto con otras salas, y edificios a lo largo de su reino que en verdad parecen una exageración benevolente, dada la época probable de que se trata. Su nombre significaba, según los mismos autores, “el que quiere saber”, y en verdad parece imposible que pudiera existir un nombre más apropiado a su talante. Enemigo de la guerra y sus aceros voraces y no envenenado por la pasión que despierta en algunas almas atormentadas el fulgor del oro brillando en la noche, había tratado de vivir según sus propias inclinaciones a la sencillez y a la búsqueda de la sabiduría.

Tenía dos hijos que habían crecido en fuerza, belleza y amor por su padre, pues su madre había muerto cuando ellos aún eran muy jóvenes. Mdrez les devolvía todo el amor que sentía por ellos multiplicado por el que su buena esposa había hecho germinar en su corazón…pero una tristeza lo consumía algunas veces en los paseos nocturnos por sus amenos jardines. Pues sus hijos crecían, según pensaba, en el error de dedicar sus anhelos a aquellas pasiones que el Rey rehuía. Su hijo mayor disfrutaba en el combate y el choque de espadas, y su hija, muy pequeña aún, parecía holgarse demasiado en los bienes que Mdrez creía más breves que un dibujo en la arena. Y varias veces se encontraba sin ellos, en sus reuniones con los sabios que hacía llamar desde dónde quiera que se encontrasen si tenía noticia de ellos, en los exámenes a nuevos pergaminos para su biblioteca y en la contemplación de las estrellas. Y le dolía su ausencia.

Cierto día, llegó un hombre a palacio, diciendo ser un hombre sabio (la mejor de las credenciales que con el buen rey se podría presentar) que solicitaba audiencia con el Rey. Cuando Mdrez accedió, el augur, pues tal era su arte, le contó las historias más extrañas que nunca hubiera oído, pero tras esas gozosas revelaciones, le advirtió sombríamente que para desgracia de su pueblo y de su reino, los dragones de la guerra habían despertado al otro lado de su frontera. El pueblo nómada de los Hunai había arrasado la antigua ciudad de Salmerai, la ciudad dónde nació la escritura y la sede del gran palacio de los sabios, según la leyenda. Y Mdrez sintió cómo el ardor del viento del combate quemaba su estómago, a la vez que el temor helaba su espalda. Pero nada dijo. Quiso preguntar al misterioso augur que depararía el futuro:

-Sólo me es dado pronunciar las breves frases que traza el río que vemos correr a pocos pasos entre tus árboles de la seda y las acacias del jardín. Estas son: Conocerás la sabiduría, pero pagarás el precio. La primera herida la recibirás del reino y tu heredero. La segunda, de tu hija y los habitantes de tu ciudad más lejana. La tercera será la más dolorosa, pero quizá pueda curar las otras dos en el corazón de un hombre sabio.

Mdrez sintió aprensión y temor, pero quiso ofrecer al adivino cobijo y sustento esa noche. Miraron las estrellas y el Rey quedó asombrado por su conocimiento de las danzas celestes. Al nacer el día, marchó con la escarcha de la mañana. Durante un tiempo, el Rey pensó en las palabras del adivino, sin encontrar más sentido que una posible guerra, pero el tiempo pasó y fue disipando sus temores.

Meses después, sus consejeros demudados, interrumpieron en una de sus salas, mientras examinaba los mapas antiguos: “Señor -le dijeron- los mensajeros informan de que nuestras fronteras están siendo invadidas. Un enorme río de gentes pacíficas de los reinos más allá del desierto atraviesa las fronteras del Este. Todo nos hace pensar que los Hunai se aproximan.

Mdrez recordó y maldijo las palabras del adivino. Tiempo después, sus inquietudes parecían regresar cruelmente. Mandó a sus mensajeros hacia las fronteras, más allá de desiertos, páramos y cordilleras, y trató de no precipitarse, tal el hombre sabio y precavido que aspiraba ser. Pero las noticias no eran fáciles de esconder, y una noche, el príncipe se presentó en sus austeros aposentos. “Padre –se dirigió a él con dulzura- me lo has dado todo y ni siquiera sería digno de desenvainar esta espada si su filo te apuntara a dos tiros de lanza. ¿Pero por qué no confías en mí?. Oigo que los Hunai nos amenazan y no voy a ser yo quién anhele romper su brida con mi daga? Dime que renuncie a tus palacios, y lo haré. Ninguna queja me oirás pronunciar si me prohibes viajar por tu reino. Aguantaré sin lágrimas si me pides que no aparezca en tu presencia. Pero no me pidas que no defienda tu reino y el amor de tus súbditos frente a quienes lo amenacen.”

Mdrez le replicó, “hijo mío, ninguna cosa de las que has dicho podría ni siquiera empezar a ordenarla. Tú y tu hermana sois mi mayor felicidad, y no despegaría mis labios para decir algo contra vosotros sin pedirle a la muerte que llegara desde su pozo del desierto a llevarme con ella inmediatamente. Pero hay graves augurios en tu contra y temo que marches, y te prohibo marchar. Otros generales dirigirán la expedición”

-¿Acaso envíamos al mastín para aplacar al lobo, padre?- gritó el príncipe, presa del dolor. Tu reino es mi sangre, y si resulta herido, yo sangraré.
- Podría encerrarte.
- Podrías. Pero me prohibirías cualquier esperanza de felicidad
- Podría explicarte
- Podrías. Pero no apagarías la fuerza de mi decisión
- Podría convencerte de que…
- No, padre. Eso no lo podrías hacer.

Mdrez se sintió conmovido, pero temía aún, porque amaba a su hijo y el amor ve con más perspicacia todos los peligros que existen en el mundo. Y se resistía a concederle su deseo, aunque esto también le desgarraba las entrañas. Tras tres noches sin poder dormir, torturado por los malos augurios y elevando sus plegarias a los indiferentes dioses, llamó a su hijo, y con la voz temblorosa, le dio su permiso para partir al frente de sus tropas. Una lágrima cayó en su mano cuando el príncipe se inclinó para besarla. Mientras partían, el Rey temblaba ante la perspectiva de que quizá fuera el último recuerdo que le quedase de él, y sintió angustia. La caravana fue desapareciendo tras las murallas de su capital, llamada Afoz.

Durante el largo tiempo que siguió, las noches fueron el peor castigo para Mdrez. Por el día, disfrutaba del crecimiento de su niña, que llenaba de olvido sus peores imaginaciones, pero en la noches se veía solo, incapaz de dormir, y cuando lo conseguía un breve rato era acosado por las pesadillas. Vió morir a su hijo de muchas formas, y a sus mensajeros incapaces de dejar de tartamudear ante la noticia. Vió su sepulcro frente a los de sus padres y el de su querida esposa. Y temía acercarse a las murallas y mirar el horizonte, estaba pasando demasiado tiempo… Así que cuando oyó la música que anunciaba la llegada de un correo importante, se sintió desfallecer, Se sentó pesadamente en el trono, y trató de encontrar motivos de esperanza en su rostro. No quería ordenar al mensajero hablar antes de eso. Pero no los encontró. Así que cuando lo ordenó, y la voz neutra aunque orgullosa del correo le explicaba su gran victoria frente a los nómadas, e incluso la liberación de Salmerai, un triunfo mayor del que hubiera podido soñar cualquiera en la corte, y el envío de todos los libros que había sido posible rescatar de la destrucción, el rey se sintió aliviado, conmovido, orgulloso, perplejo. Y se avergonzó de haber hecho caso a un vagabundo que se decía adivino antes que confiar en el valor de su hijo. Y quiso cabalgar a su encuentro en la frontera, junto con su hermana, la hija que tanto alivio le había proporcionado a su tempestuoso espíritu.

El encuentro fue alegre y sobrio, Mdrez no era dado a las efusiones. Pero sintió que podría morir tranquilo cuando vio a los dos hermanos abrazándose sin fin. En la tienda del príncipe, los planes de reconstrucción de las murallas a lo largo de todo el reino para prever futuros ataques y la anexión de las ciudades arrasadas por los Hunai antes de su derrota para que sus antiguos habitantes pudieran retomar su vida en ellas ocupaban cientos de planos, órdenes, informes. Fue hablando de ello cuando la princesa le pidió quedarse en aquellos lugares para poder dirigir la reconstrucción. Entonces, el Rey pensó en las heridas profetizadas. Porque no quería separarse de ella, ni verla sola en un mundo que no conocía, y porque su mente volvió a imaginar todos los peligros que podría correr. Sin embargo los días pasaron, y cuando la caravana real inició el camino de regreso para otorgar la celebración en honor del príncipe, el Rey accedió a sus deseos, y ocultó sus lágrimas. Durante el camino de vuelta enviaba correos veloces para asegurarse de que no le faltaba nada y que sus deseos eran cumplidos. Las noticias de vuelta eran breves y tranquilizadoras, pero entre ellas siempre seguía esa desazón leve de no poder contar con su querida hija a su lado, que ni siquiera sus cartas disipaban.

“Querida luz de mi vida, habeís destruído las malas semillas y edificado la esperanza de ciudades populosas. Habeís crecido y prosperado en rectitud, como el poderoso árbol de la seda que ha recibido los dones de la claridad y la frescura. Me siento orgulloso de ti. Pero voy envejeciendo y te extraño. Besos, bálsamo de mi incipiente vejez”

“No es propio de un gran Rey amado de sus súbditos y temido por sus enemigos hablar así, querido Padre. Sabes que quedan muchos años para recibir y sentir el afecto de su pueblo agradecido, y de tus hijos que te adoran. Tanta lectura te hace el ser más pensativo del reino, pero te vuelve demasiado sentimental. ¿Por qué no sentir de nuevo el viento en tu rostro? Oigo que mi hermano se ocupa de planificar las murallas, al otro lado del reino. Como mi trabajo, llevará años. Pero merecemos encontrarnos antes de terminarlo. Recibe mi amor más puro, Padre”

“Leo la carta de mi querida hermana y me sumo a sus reproches, Señor. No es propio quejarse tanto, ni temer por nuestro desempeño. Somos felices y pensamos cada día en ti. No debes sufrir. Envío con mi jinete más veloz mi entusiasmo por la idea de la princesa, debemos darte una alegría. La lectura está ablandándote, Padre”.


El rey pensó en lo mayores que se habían vuelto, de repente, en lo mayor que debía resultar y en su propio cansancio, ates de pedir al cielo por la salud y la alegría de sus hijos y agradecerle su inmensa fortuna. Esa misma tarde, comenzaron los preparativos. Y semanas después, Mdrez inició su camino a través del reino, por todas las ciudades principales, que multiplicaban su población con la gente que llegaba de las cercanas, aclamado y feliz, pero ansioso por encontrarse en las fronteras que reconstruía su princesa. Las crónicas se detienen en demasiados detalles sobre cada ciudad, cada edificio, todas las muestras de admiración que el Rey despertaba, más aún cuando se unió desde el Oeste el príncipe que salvó su reino. Vale decir que se demoraron felizmente en llegar a su destino.

La ciudad de Istafanu, antigua enemiga ahora reconstruída y sumada a su reino, abrió sus puertas entres pétalos de flores, fiesta y música. Fueron días de felicidad, explicaciones, reencuentros. Las ciudades que la guerra había destrozado aparecían radiantes y plenas de vida. Mdrez no pudo sino admirar el desempeño de su hija, y sintió extrañeza por las preocupaciones que había albergado cuando era una niña. No habían seguido su visión de la vida, y a veces se lo había reprochado en silencio. Pero estaba equivocado. Visitó otras ciudades, recibió nuevos homenajes, y un día, el día de la nueva separación llegó. Mdrez se sentía cansado, y pensó que quizá la próxima vez en que los vería de nuevo y juntos fuera en torno a la cama de un anciano enfermo. Pero esta vez no quiso sino disfrutar de cada momento con ellos, y cuando la separación llegó, la emoción estaba de parte de sus hijos. El príncipe no encontraba palabras, y la princesa lloraba y sonreía. Más tarde, cada uno siguió hacia su misión, planificar una defensa, reconstruir una ciudad, gobernar un reino.

Pasaron los años.

Cierto día, tras el breve paseo que sus piernas fatigadas le concedían y sentado en una silla de la biblioteca, ojeando algunas historias de civilizaciones remotas, recibió un anuncio; un súbdito suplicaba verlo, y añadía que ya habían hablado antes, hace mucho tiempo. Mdrez raramente negaba una audiencia. Pero no esperaba que el antiguo augur, alto y enjuto, con la barba y las sienes ya plateadas, los ojos más hundidos pero su misma sonrisa, volviera a verlo. A veces había pensado en su predicción, pero se le había ido olvidando. De cualquier manera, siempre sería grato tratar con él. Le indicó que se sentara junto a él y le mostró sus volúmenes, orgulloso. La conversación se demoró entre noticias de los pueblos de las montañas y la explicación de fenómenos extraños, como aquellos en los que el sol parecía oscurecerse para volver a nacer de la que hablaban los antiguos. El cielo fue nublándose, y al fin, antes de retirarse a sus aposentos, el Rey quiso saber su futuro, y sobre todo, si había sufrido ya esas heridas que le otorgarían la sabiduría.

El adivino le respondio: “En cada corazón se interpretan los designios de la naturaleza de distinta forma. Pero por lo que hemos hablado esta tarde, sé que sufriste por tu hijo cuando partió a luchar, te entristeciste por la partida de tu hija, y no confiaste mucho en ellos. No eran lo que tú hubieras deseado, pero ahora sabes que estás orgulloso y feliz de ellos. Así que la primera herida del miedo a la guerra te enseñó que no es bueno sufrir por aquello que el destino no ha provisto aún. La segunda fue otra separación, la del miedo a la soledad y la falta de confianza. Y has aprendido que aprender es siempre equivocarse, caer, recordar lo que no sabes. La tercera herida se refiere al suceso doloroso que siempre acompaña al Rey más poderoso o al cabrero más humilde. Mi querido y resplandeciente Rey, para las cosas que de verdad importan…siempre se aprende demasiado tarde”

El adivino, cuyo nombre no menciona la crónica, lo que hace especular a ciertos eruditos sobre su autoría, pasó algunos días en conversaciones con el rey, en la que trataron la sabiduría de los pueblos que no recopilaban sus conocimientos en pergaminos, el lenguaje de las aves, los seres de las cumbres de las montañas, las leyes de los caminantes del desierto y las leyendas de los seres del río que atravesaba gran parte del reino. El rey organizó una cena en su honor, y el adivino partió a la mañana siguiente. Mdrez lo vio partir desde sus jardines, con su cayado y su andar lento pero decidido contra el sol que oscurecía su silueta y hacía refulgir las cantarinas fuentes de sus jardines de distintas alturas, como cascadas doradas y arcoiris.

Los relatores cuentan que Mdrez vivió más años rodeado del amor de su pueblo y los suyos. Sus hijos hicieron prosperar su reino, y fueron felices en la valentía y la bondad, como su padre lo había sido en la sabiduría. Y a partir de su reinado, el país fue languideciendo, sufriendo al acoso de sus vecinos. Lamentablemente, las fuentes parecen basarse en unos pocos textos y los palimpsestos encontrados sugieren que quizá se trata de una historia común a muchas culturas, aunque la falta de datos de algunas épocas y territorios hagan defender aún a varios investigadores la veracidad histórica del gran Rey Mdrez y sus hijos Arslum y Yauntiai. Leyenda o historia, a este explorador le pareció que merecía ser contada, y que quizá encierra algún detalle valioso para algún lector que se aproxime a este humilde relato. Y para que conste, así lo manifiesta y lo deja escrito.

La foto es de un parque de atracciones disney. También venía en la caja del vinilo... ;PP

martes, 21 de junio de 2011

Parte cuatro del relato sin nombre y sin dirección...la visita

El vuelo, una danza ralentizada entre globos de luz azul que cambiaban su posición perezosamente, llegaba a su escala, reptando a través del vacío hueco de la región en que había nacido. La Dirección General había solicitado explicaciones acerca de su sector de explotación y cierto "errático comportamiento", así que los ojos brillantes y enrojecidos del conserje tras recibir la carta del subdirector del sector le habían hecho llegar, temblando, la carta. El papel resultaba un signo de poder ancestral y temible en un tiempo en el que todo el Universo conocido (una expresión rimbombante y falsa que designaba una extensión ínfima habitada) podía comunicarse en breves periodos de tiempo a través de sofisticada tecnología.

Antes de seguir su viaje hacia la Central de la Compañía quiso desvíarse hacia un minúsculo planeta decadente y siempre moribundo en el que su pasado había jugado y atrapado parte de su destino, entre el hielo que cubría la superficie desolada, y cuya visión le provocaba sentir punzadas de frío ardiente, las quemaduras de los viejos sueños que no se cumplieron. El territorio donde vivía su hermano, donde una vez lejana unos padres le escondieron algunas verdades inamovibles de la vida para que fuese feliz. El transporte avanzaba entre picos helados y silencio.

Todos los nucleos habitados prosperaban (más bien, languidecían)bajo una cúpula climática que compensaba la extrema situación exterior. Una red de túneles subterráneos permitía viajar con mayor seguridad y premura. Pero esa vez quería volver a ver el rostro helado e inmutable de su hogar, él, que siempre negó tenerlo. El impulso creador que una vez hizo de él la cuna de innumerables sabios y descubridores había cesado con el tiempo y la inercia de la apatía. Las multibibliotecas de distintos soportes se quebraban entre el acoso helado, y los anaqueles crujían, único sonido que nadie oiría entre intervalos de siglos de silencio. En la época en que el caos se apoderaba de los Sistemas, y aún tiempo después, muchos buscaron ejemplo en los días antiguos, cuando las personas elegían el camino del retiro en monasterios. Y lo siguieron, a su manera nueva. Familias enteras eligieron esa vida de retiro y convivencia sosegada y renuente al devenir externo, en distintos planetas, pero nunca de forma tan arrebatada como allí. Su hermano mismo acudió a un de estos recintos aislados del planeta, el Sistema, todo el Universo. Y sus padres lo siguieron a esos recintos de sabiduría antigua y que él creía falsa y arcaica, pero que contenía todas las mentalidades y formas de ver la vida que se pudieran imaginar. Todo punto de vista es la visión desde un punto, recordó, y se sorprendió de que diversos recuerdos gratos le acompañasen al son de esa frase, mientras la cúpula refulgía a lo lejos. Durmió un poco.

Las ciudades monacales eran una intención imposible de renuncia y lucidez en medio de una explosión insoslayable de fragor y odio, vanidad y lucha, la dinámica del vivir, creía. Seguían susbsitiendo entre rituales y cierta mentalidad, más implícita que reglada, exigida por los tiempos en los que el movimiento se hizo popular. Austeridad, renuncia, frugalidad, ideología del abandono de uno mismo y su realidad. G pensaba que creían en sisnsentidos, pero si él eligiese un sinsentido para dedicar su vida, quizá fuese ese, podía llegar a admitir. Pero huyó de ello y sus costumbres y leyes, controles de acceso,comunidad asfixiante y sentimientos juveniles (a veces, se sentía viejo) que se perdieron como una fruta podrida tras caer del árbol protector.

Imaginaba ahora, antes de acercarse a los controles, una ciudad soleada y de temperatura agradable, bajo el amable control de los ingenieros climáticos, de ritmo pausado, fraternidad y donde la gente podría ser razonablemente feliz. Definitivamente, era otro. Cuando acabó de poner en orden sus documentos tras la inspección, atravesó la puerta, encontró la despreocupada sonrisa de su hermano. No había cambiado mucho. Caminó hacia él, y también se notó sonriendo.

Siento no poder publicar ni leer algunos blogs con más asiduidad, estoy en una aventura laboral, y bueno, acabao xD Así que intentaré pasarme por vuestras casas lo más y mejor que pueda, gracias a los que leaís, :)

jueves, 12 de mayo de 2011

La gran fiesta final

El día de la gran fiesta final amaneció como merecía. La ciudad sentía los rayos de sol y las macetas regalaban colores y su fragancia a todos los que habían salido a pasear temprano por las calles engalanadas. Las sonrisas florecían bajo el sol amable y el viento tranquilo, que llevaba frescor y alegría en sus alas. Las persianas subían y las ventanas mostraban caras amables, ancianos que habían pensado que no verían unos días tan azules como los de su infancia, desconsolados que de repente sentían el consuelo de la comunidad, sus compañeros, sus amigos, para que no se sintieran solos. Parejas de la mano, niños que corrían y jugaban, aves congregadas sobre las ramas de los árboles en flor formando una orquesta armoniosa que acompañaba los paseos por la plaza iluminada.

Los edificios fueron vaciándose mientras la luz pálida del atardecer se iba tiñendo rojiza y ocupaba los rellanos y las habitaciones interiores sin nadie que pudiera verla. El río arrastraba su rumor bajo el puente con más pasión que nunca, entre riberas reverdecidas de sauces y álamos, arbustos y hierba fresca. Las tiendas, las bibliotecas, los mercados quedeban abiertos y sus escaparates parecían más brillantes que nunca, aunque pocos miraban. Desde la calle principal llegaban los hundidos hacia el momento del reencuentro. Niños que no habían conocido a sus madres, amantes arrancados del seno del cariño por la realidad amarga, amigos una vez enfrentados se reunían, se abrazaban, miraban los ojos del otro y apenas podían hablarse más que con ellos. No encontraban las palabras, pero no importaba. La hora del reencuentro y la reconciliación definitiva había llegado, traída por las nubes blancas que como pinceladas resaltaban el azul diáfano del cielo. Y ya sería para siempre.

Los coches y los tranvías se detuvieron, salvo quienes llevaron a los que no podían caminar hacía la hierba, las colinas o la ribera. Se compartía la comida frugal, la fruta bajo esa tarde serena sabía más jugosa que nunca. Y el agua en la garganta sonaba como una melodía. Los novios se abrazaban tumbados y miraban jirones de nubes, sentían el viento entre ellos y acariciaban los rostros amados. Otros cantaban, se bañaban en el río, jugaban con los niños y bromeaban. Los paseantes saludaban a aquellos que formaban parte de sus paisajes vitales, el mecánico, el dentista, el panadero, el maestro de los niños. Y el sol declinando mostraba la luz más favorecedora sobre ellos, para poder ser valorados por lo mejor que habían hecho.Los pequeños defectos, como las espinas de una flor, no tienen importancia, menos en un día como aquel, la gran fiesta final. La tarde pasó en aroma de celebración y simpatía. El viejo puente ofreció sombra y pilares para descansar. Y el viento que comenzó a levantarse no halló a nadie en la ciudad mientras se dirigía a las afueras donde la población de la ciudad aguardaba, con cierta aprensión, pero con serenidad.

Empezaron a sentir el frío y se abrigaron, pues el mensajero les había dicho que esas ráfagas iniciarían el crepúsculo. Un breve silencio, una mirada hacia lo alto. Asombrados y estremecidos, cogidos de la mano, de los hombros o cercanos a quienes querían, hombres y mujeres alzaron la vista, mientras sus animales se enredaban entre las piernas. Algunos se sentaron. Entre los gritos del viento, podían verle la cara al sol, sin apartar la suya. Vieron como se volvía naranja, como crecía hasta ocupar el cielo y les otorgaba claridad y calidez, protegiéndolos del arisco viento, distorsionando su visión como el fuego del hogar, como una lámina de agua entre los ojos y las visiones de trompetas celestiales y signos predichos. No era molesto, la cercanía y la sonrisa refulgían sobre esa caras iluminadas. Ella lo abrazó y él la beso suavemente en los labios. Se miraron, sonrieron y apretaron sus manos entrelazadas, antes de volver su vista hacia aquella luz que llegaba de otro sitio mejor y contemplaron, en el día de la gran fiesta final, el último y más bello atardecer del mundo.

sábado, 9 de abril de 2011

Parábola del Barco

La poesía
no hace que ocurra nada: sobrevive...

W.H Auden


La luz es más tenue ahora. Aunque el sol nunca desaparece por completo del horizonte, solo una luz blanca, como si la niebla la propagara, permite hacerse una idea de la inmensidad extendida y quieta que se abre ante el navío y que luego queda resumida en su espumosa estela. Parece que hace cada vez más frío, y los inmensos bloques de hielo son el único modo de medir aproximadamente el tiempo entre una luz invariable y un rumbo que ninguno comprendemos del todo.

Es un barco confortable. Hay salas de baile y esparcimiento diverso, restaurantes, incluso miradores, y también multitud de camarotes, todos individuales, y según cuentan, muy distintos entre sí. Y todos los viajeros que he conocido en la travesía también lo son, lo somos. Algunos son habituales de los bailes y las fiestas. Otros gustan del cine, y sus películas, que ya conocen de memoria, vistas y vueltas a ver repetidas. Otros somos habituales del mirador, y tratamos de suponer nuestro rumbo. Encima de nosotros, desde el puente de mando, otros se interesan por lo mismo, investigando los instrumentos y las cartas de navegación, tratando de suponer los motivos y cálculos del capitán y su tripulación, a quienes nadie hemos visto nunca. Bueno, se cuentan historias sobre personas que fugazmente oyeron abrir la puerta del camarote del capitán, o incluso una luz detrás de la puerta entornada durante unos segundos, antes de volver a cerrarse. Hay quien da crédito a esas historias, e incluso organizan grupos para pasar unas horas frente a esa puerta, o la de algún suboficial, intentando captar alguna señal que permita sugerir algún plan del viaje: las teorías se suceden. Pero lo cierto es que todos hemos sentido, más veces o menos, con más fragor o ligereza, esas preguntas, en especial en zonas de travesía que bañaba la noche y las salas de recreo quedaban bajo una oscuridad mórbida, vacías.

Mi especulación es la siguiente: no existe el abismo tal y como se muestra en los mapas de navegación que visité cuando creía que el análisis en la sala de mando ofrecería respuestas. Ese abismo será simplemente la quietud y el silencio, ver a lo lejos, en todas direcciones unos cuantos icebergs a los que nunca llegaremos, como puntos señeros de una topología definitiva. El capitán...no puedo hacerme una idea, ni sé su aspecto, o si sigue vivo aún (tiemblo al formular esta posibilidad). Es posible que mientras el barco avance nadie sienta una desesperación tal como para tratar de buscarlo como única salida, pero ese momento, que no creo que vea, llegará. Y allí comenzará una nueva etapa en la vida de este barco, en el que nos mantenemos expectantes, algo atemorizados y sin embargo, tratando de construir nuestras vidas. ¿Puede ser que cada viajero sienta, e incluso vea parajes distintos? Mi mente se rebela ante semejante absurdo. Pero lo cierto es que cuando era joven, el viaje se me aparecía entre aires cálidos, tormentas de belleza sobrecogedora y compañeros de viaje más amables y comunicativos. El tiempo ha ido entrando en la zona pálida de la travesía, como si el sol hubiera ido soltándose del tenue hilo con el mar, deshilachado. Y cuando entro en la zona de recreo, veo ese brillo que he perdido ya en las miradas más jóvenes, y recuerdo a Ella. Pienso que es posible que ni siquiera me vean, y que llegará el momento en el que yo dejaré de verlos a ellos, a los compañeros con los que más he coincidido y me imagine que soy el único tripulante del navío, invisible e incapaz de ver. Un fantasma que materializará otros fantasmas que ahora comienza a sentir de nuevo. Puede que incluso entonces oiga, sienta o pueda ver el rostro del capitán, en quien hace tiempo deje de creer, en la deriva a través del mar infinito.

Pero todo esto es una suposición de una mente ociosa, que ya se cansó de suponer más. He estudiado las cartas marinas, las derrotas, los posibles rumbos. He visto la posición solar y de las constelaciones, he tratado de averiguar hacia dónde, por qué, de qué manera. Incluso he escuchado antiguas historias, leyendas, mapas en los que antes se creía, canciones y relatos de todo tipo (sí, hubo una época en la que pude haberme divertido más, aunque me divertí mucho escribiendo mis propias canciones y poemas, que nunca he revelado a nadie. A lo mejor debiera). Quizá todo haya sido en vano, y la verdad está en las salas o en los camarotes. Pienso, sin embargo, que aunque todos los demás objetivos de saber hayan fracasado, cuando llegue el momento del silencio o la parálisis, todo ello permita, asustado como estaré, no gritar mucho.


viernes, 1 de abril de 2011

Parte tres del relato sin nombre ni dirección...Un accidente

El progreso exige víctimas. Recordaba en su preparación la repetición hasta el hastío, hasta el olvido, de esa frase terrible, materializada sobre una cara deshecha, que le había devuelto su verdadero significado cuando había dejado de significar nada. Su elección para trabajar como subalterno en los mundos exteriores le había disgustado. Sentía que otra ocupación sería posible para sus sueños. Pero no existía alternativa. Quizá algún momento llegó a pensar que lograría adaptarse. Nunca imaginó un día como aquel. Un golpe sordo, apenas un grito, sirenas, humo, el fin. Aquellos que no habían tenido suerte para acceder al seno de la Corporación o de las formaciones superiores sufrían bajo los túneles, morían, y eran perfectamente reemplazables por otros en una espiral macabra de insignificancia y olvido. Y no era capaz de concebir aquella casa donde en breves minutos se instalaría súbitamente el silencio, como en su mente ahora, recordando un cuerpo tendido sobre el suelo húmedo. No era posible. Las instrucciones eran claras, la seguridad exigía que los miembros de la empresa no bajaran a la ciudad. Nunca sintió tanta rebeldía, como sangre en la boca, y deseo de infringir una directriz. El turno acabó, los trabajadores volvían a sus refugios breves, con el peso de la desgracia sobre sus hombros. G veía a lo lejos algunas luces amarillas entre la tormenta, y recordaba su llegada allí antes de llegar hasta su vivienda otorgada por la compañía.

Sus casas eran refugios miserables donde sólo el alcohol y la brutalidad desesperada parecían capaces de prosperar. Las calles, anchas y vacías, entre carteles de la empresa con mensajes de su director que casi nadie se atrevía a rasgar, pero en los que se depositaba la erosión del tiempo y la lluvia. Las noches eran silenciosas y opresivas, pero en su seno había explosiones de luz, en ciertos lugares concebidos para el olvido del malhadado día y sus sacrificios constantes. Seguía lloviendo pesadamente, sin ritmo, sobre la choza de G, y a lo lejos veía montones de termiteros abigarrados con algunas luces dispersas, la ciudad que no tenía derecho a soñar azotada por la tormenta, como un barco desarbolado y a la deriva. Anochecía con rapidez entra fugaces fulguraciones de rayos implacables. Y arreciaba la lluvia.

También el trabajo en una mina puede agachar la cabeza e impedir mirar al cielo. Recordaba con amargura las miradas tensas, interrogantes y cargadas de reproches más antiguos que ellos mismos de los trabajadores. Ni siquiera recordaba todos los nombres. Había creído que sería posible ganar su respeto, incluso cierta complicidad; pero había una diferencia que se percibía de una forma tan material como los muros de los túneles. No eran iguales. Y él se sentía culpable ahora, y en sí luchaban la tristeza y la rebelión contra la injusticia que su cerebro le decía cometía contra él mismo sintiéndose así, y la lucha sorda y atroz de su corazón y su cabeza inclinaba su cerviz y apesadumbraba su espalda, sin espacio para mirar las nubes que apenas dejaban ver unas pocas estrellas, como señales eléctricas desesperadas de un naúfrago.Más allá de ellas, en un cuadrante que ahora azotaba la furia del rayo, su hogar esperaba. Había dejado un pasado, una ilusión de ser alguien distinto en las promesas de una corporación inamovible y rígida que ahora asumía un nuevo significado.

La angustia le impidió dormir. Los truenos pasaron, pero la noche y el agua le traían imágenes y pensamientos de costillas desnudas formando cofres curvados, arpas góticas en las sombras de su cuartucho, cuerdas desaplomadas que el viento alevaba, cauces de ríos sobre su cabeza, explosiones irresistibles que anhelaba. Ni siquiera se inquietó demasiado cuando recíen madrugaba y se puso en pie, el rostro demudado del conserje le informó de que debería acudir a la Sede Central en un plazo de unas semanas. "Nunca dicen que quieren, intento añadir con una sonrisa forzada, pero todos confíamos en la justicia del Señor Director y los Consejeros. Respecto a lo de ayer, siempre existen accidentes. Es una lástima". El tono mecánico de estas palabras y su alejamiento inconsciente y despreocupado lo torturó aún más. No quería acabar siendo como él. Como si algo instintivo lo empujase a alejarse de él, de la mina, de la ciudad atroz y de las miradas que debería soportar en los breves minutos que restaban para que las sirenas iniciaran el turno, miró al cielo y buscó entre el cielo escarchado del amanecer su lejana casa.



Partes anteriores:

Parte 1

Parte 2

Partes posteriores:
Pues no se me ocurre mucho, jjeje...si alguien tiene una idea o quiere seguirlo, se le cede por un tiempo ;) a ver que va saliendo. Espero que os guste al menos un poco :) Y si no, pues con confianza en la crítica, ya sabeís. Abrazos comunales.

martes, 15 de febrero de 2011

Parte dos del relato sin nombre ni dirección... El empleo

A lo lejos la tarde sabía a polvo de metal en el aire, mientras un gran sol difuso se hundía detrás de la boca inmensa abierta en la tierra que engullía a cientos de escorzos diminutos y sonidos mecánicos, a cuyo son los turnos, las máquinas y los obreros bailaban su danza vil.

Todos fueron niños reacios a salir de su casa para ponerse en manos de extraños a quienes no reconocían, y luego quisieron salir en busca de su gloria, hazañas, su propia vida, su infelicidad, su culpa y su abatimiento entre túneles, vapores y humo. Estúpidos. Esta noche habrán sobrevivido algunos, irán a sus celdas como abejas para ganarse su "merecido descanso" de míseras horas de sueño y embrutecimiento; algún día dejarán todos su vida entre raíles oxidados, mucho después de haber comprendido su estúpido sueño.

Sintió una punzada de frío y se dió cuenta de que era tarde, quizá influyó en su mal humor sin ser del todo consciente. Al fin y al cabo él iba a ser el sargento que manda a sus jóvenes soldados, que no han saboreado la vida, hacia el sufrimiento y la muerte. Pero, se dijo, un capataz no es alguien que no tenga importancia. Acababan de decirle que enseguida le recibirían muy pronto, después de unas horas con el abrigo hasta la frente. La puerta se abrió y un personaje encorvado, de traje raído y sonrisa oblicua y taimada le hizo un gesto impeliéndole a acercarse hacia su cabaña destartalada. Las ventanas habían sido rotas, y tapadas con cartones, así que el frío era incluso más intenso aquí.

- Es usted el nuevo capataz, ¿verdad?
- Sí, señor, recibí su carta hace unos meses y emprendí el camino lo más rápido que pude.-trataba de fingir una sonrisa franca y se sentía estúpido y humillado. Tengo aquí los documentos que el señor director querrá...

La carcajada le asustó por sorpresiva, aunque fue ronca y débil, el hombre tosió y le miró con malicia.

-Creo que nunca llegará a ver al Señor Director. Yo llevo trabajando aquí desde niño y nunca se me ha permitido ver a ningún cargo de la empresa que no fuese mi superior directo. Son las normas.
-Pero en la carta de acepación se decía...
-Formalismos, sin duda.Mmmm, sí, sí, formalismos. Yo he dado mis fuerzas por la gloria de esta explotación y nunca he recibido ni una invitación a una reunión de la conferencia sectorial. Ese director...sin duda su eficiencia es extraordinaria...pero -carraspeaba, se debatía contra sí mismo- esta no es manera de premiar a un servidor fiel. Formalismos.

Un brillo de audacia que se convirtió en miedo pasó por sus diminutos ojos, y de forma nerviosa le mostró el sitio donde dormiría esa noche. Unos pasos detrás de la cabaña de su receptor, se hallaba su habitación en otra cabaña de aspecto aún peor que la anterior. Hizo bien en no hacerse ilusiones. Las paredes húmedas, los restos de una fogata sobre la chimenea que parecía el esqueleto de una jaula y un jergón serían su compañía esa noche. Pensó en que sería una suerte un día cansado, para sobrellevar la incomodidad de su provisional choza. Aquel hombre se dio la vuelta, se acercó, y le susurró algo que no pudo oir bien, algo sobre la empresa y su dedicación, o sobre la hora de estar en pie, o sobre la mina. Cerró la puerta y se fue. G se arropó vestido e intentó dormir. A la mañana siguiente, un hombre más joven pero no más simpático se encargó de despertarlo. Cuando acudió a la misma cabaña en la que el otro, extrañado oyó como el Gerente Territorial de la explotación había ordenado la supresión del conserje de la zona de empleados. G sabía que no debía preguntar, aunque se preguntaba.
- Por supuesto, la deslealtad no conduce a nada en ninguna empresa- y el nuevo conserje fijó sus ojos en él.

El viento frío de la mañana recorría una claridad pálida, mientras jirones de tela se levantaban en el aire entre la hierba escarchada a pocos pasos de él y a lo lejos camiones repletos de trabajadores subían por la carretera y los engranajes de las máquinas despertaban al nuevo día.

Continuará, supongo...xD

martes, 25 de enero de 2011

Llegada, inicio, planteamiento...de repente

Llegó a la ciudad desde la carretera agrietada por el hielo. A sus bordes, hileras de personas con brillo negro en sus ojos formaban una hermandad dirigiendo sus pasos hacia las colinas peladas entre el viento que los árboles quemados y caídos no podían atenuar. Como hormigas intentando trepar un muro de metal bruñido rociado de aceite, sus pasos eran torpes y a lo lejos la confusión hacía parecerlos arbustos arrancados y azotados por la ventisca. Y sin embargo, siguió hacia su destino.

En el puente había unas escaleras blancas que bajaban hacia la ribera. Quiso oir el rumor del agua corriendo, pero no se oía nada y su negrura confundida con la noche era una impresión tétrica y solitaria. Al otro lado, algunas luces de la ciudad prendían y mostraban la entrada.

Un gran edificio presentaba sus imponentes puertas de madera tras un pórtico de piedra lleno de motivos indescifrables pero que amenazaban con algún dolor inconcreto y terrible. Un pasillo donde resonaban pasos, y los reflejos del suelo mostraban a dos personas conversando, sin mirarse, difuminadas por alguna vela o antorcha. Llegó hasta el final y bajó hacia una sala húmeda y circular, donde susurraban algunos suplicantes mirando hacia el suelo, arrodillados o sentados inclinándose hacia adelante. Parecía un rito antiguo, con la salmodia y los ojos cerrados intentando entrever algo que en aquella estancia parecía difícil imaginar.

Cuando salió, la luz comenzaba a perfilar las cosas y el sonido de las canteras y las minas a cielo abierto otorgaba un aire radicalmente distinto a la urbe, tan ajetreada, y tan mecánica, desprovista de vida y ausente como podría haber imaginado en un entorno de una dureza tal. Llegó a las minas, y en el fondo de la misma se esforzaba por ver la actividad, aunque sólo percibía movimientos descoordinados y la tensión palpable entre las rampas y los niveles, el estruendo de las máquinas y el silencio de los obreros. El humo unía su gris sucio con el del cielo, que amenazaba llovizna, y sirenas de ambulancia llegaban lejanas. Bordeando las casas de chapa y los charcos de barro, fue acercándose hacia la oficina. Una estantería desplomada, con libros abiertos y sus páginas arrancadas por perros escuálidos, una jaula desvencijada y recién pintada por arriba, una ventana pintada y con el cristal brillando al sol, que ya reinaba en lo alto y le hacía sudar copiosamente.

A unos metros, un hombre sobre un inmenso bloque de hielo refulgente al sol y cegándolo, en pie a duras penas, resbalando continuamente y amagando una caída fatal desde la cumbre transparente. A hachazos, contra el bloque, pues se le ha encomendado quebrarlo hasta su misma esencia, dice. Sin embargo, la brillante mole permanece imperturbable, el esfuerzo jadeante de aquel hombre sólo despega algunas pequeñas esquirlas que hieren su rostro y su boca. "No importa, sonríe ensangrentado, el cumplimiento de la misión que me ha sido ordenada se mide por estas heridas".

-Estoy buscando al capataz - dice G- ,entre estos edificios debe tener su oficina.
-¿Es usted el nuevo capataz? -dice sonriendo-. No tenemos noticia de que se le haya permitido entrevistarse con él. Vaya a consultar al guarda.

Así que allí fue. El guarda ha salido, le dijeron, espérelo usted aquí. Y se sentó en una mecedora vieja, entre la hierba.




Bueno, después del ajetreo que me ha impedido escribir casi ná estos días, me puse un rato ahora y me ha salido...esto, no sé si continuaré o lo dejaré así, quizá sólo lo haya escrito para poder tener algo nuevo que presentar. En fin. Espero que todos esteís bien, y a los que paseís por aquí por vez primera, si es que hay alguien, que siempre hace ilusión, pues también os deseo lo mejor. Hasta pronto :)